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Comencemos con que la Virgen del Esclavo nunca fue tabarquina… o al menos no de la isla alicantina conocida popularmente como Tabarca, cuya correcta denominación es Nueva Tabarca, como aclararemos.
Viene a cuento porque, el 25 de agosto de los años 2011 a 2014, se celebró una especie de auto religioso carente de rigor histórico, contra el que, como descendiente directo de tabarquinos que me precio de ser, mantuve una entente crítica hasta su desaparición. El evento se denominó La Virgen del Esclavo —del italiano La Madonna dello Schiavo—, y es importante rescatar la historia real que hay detrás del error y que forma parte del «periplo tabarquino», la odisea histórica y cultural que agrupa a cinco localidades del Mediterráneo: Tabarka (Túnez), Carloforte y Calasetta (Cerdeña, Italia), Pegli (Génova, Italia) y Nueva Tabarca (Alicante, España), ciudades que impulsan la candidatura para que sea declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Iniciativas como La Virgen del Esclavo hubieran podido aportar atractivo cultural y turístico a Nueva Tabarca, pero es imperdonable que fuera a costa de importar historias foráneas, queriendo justificarse en un pasado común cogido con pinzas, como comprobaremos, cuando la propia historia de la isla es tan rica en sucesos y matices que no necesita ser complementada por invenciones ni adaptaciones de leyendas marianistas de otras tierras. Tampoco es de recibo que la Diputación Provincial respaldara y colaborara con el acto y no fuera capaz de cotejar la información que la entidad organizadora transmitía a los medios:
«[…] la importancia de este evento, que pone en valor la historia y las tradiciones de un enclave tan importante para la provincia de Alicante como Tabarca, […] un evento cultural y lúdico-religioso que recrea los orígenes de la isla» (Información, 21 de agosto de 2012).
«Se trata de una escenificación teatral que explica los orígenes de la población insular alicantina y la liberación de los esclavos tabarquinos por la supuesta intervención milagrosa de la citada Virgen» (EuropaPress, 21 de agosto).
«[…] historia que tiene ya más de 200 años y narra la liberación de los habitantes de la isla del cautiverio. […] será, sin duda, símbolo de tradición y cultura para todos» (Las Provincias, 22 de agosto).
«La isla de Tabarca volvió ayer tres siglos atrás en el tiempo para recordar sus orígenes. […] La obra rememora la leyenda que supuso a los tabarquinos la liberación de la esclavitud en 1798 de Túnez» (La Verdad, 26 de agosto).
«En medio de la Plaça Gran de la isla está el trono de la reina mora, allí Sara Montiel recibe las ofrendas de sus esclavos que le entregan plantas, tiran pétalos y abanican con grandes plumas de pavo real» (El Mundo, 26 de agosto).
Todo falso, pues ni estos fueron los orígenes de la isla, ni tiene nada que ver la Virgen del Esclavo con Nueva Tabarca ni con la liberación de sus habitantes, ni hay constancia histórica de la supuesta «reina mora» —por mucho que Sara Montiel, habitual veraneante en la isla, la encarnara—, ni la liberación de los esclavos destinados a la isla aconteció en 1798. Y con todo el respeto hacia la desaparecida actriz, no era más que una mera figurante, ni hablaba ni actuaba, algo obvio ya que su «papel» no tenía consistencia histórica, como ahora veremos. Está bien que se contara con ella como reclamo turístico y se le invitara a la representación, dado que pasaba temporadas en la isla, pero hubiera sido más coherente situarla en primera fila del público, donde hubiera salido igualmente en fotografías y crónicas periodísticas.
Entrando en materia, se podría decir que en el Mediterráneo existen «cuatro Tabarcas»: la Tabarka o Tabarqa tunecina, frente a la ciudad del mismo nombre, hoy unida al litoral por un pequeño istmo artificial; Calasetta, en la isla de Sant’Antioco, al suroeste de Cerdeña y unida a esta por un puente de origen cartaginés, situada frente a Carloforte, en la también sarda isla de San Pietro; y la alicantina Nueva Tabarca, frente al cabo de Santa Pola.
Tabarka (Túnez) es centro neurálgico de esta historia, que comienza en el siglo xvi cuando los hermanos Barbarroja llevaban a cabo innumerables ataques piratas en las costas italianas y españolas, causando grandes destrozos y llevándose cautivos para pedir rescate. Aruj Barbarroja, autoproclamado rey de Argel, en 1534 conquista Túnez y somete desde Trípoli hasta Orán, convirtiéndose en un gran enemigo especialmente para España. Ante tal amenaza, en 1535 el emperador Carlos V —Carlos I de España— para neutralizar los ataques corsarios ataca y conquista Túnez, reponiendo al anterior bey, pero lo intenta sin éxito con Argel.
Cercana a la frontera entre Argelia y Túnez se encuentra la población de Tabarka, frente a la que está situada la pequeña isla del mismo nombre, una situación estratégica que Carlos V elige para construir una fortificación custodiada por una guarnición de soldados. Al existir ricos bancos de coral, decide arrendarla a la familia genovesa de los Lomellini en abril de 1540, para poder comerciarlizarlo y obtener ingresos, llegando pescadores en sucesivas oleadas desde el puerto de Pegli (Italia), población hoy absorbida por Génova. España construye esa fortificación para quinientos hombres, bien artillada, en la que ondeaba la bandera española, manteniendo así una avanzadilla en la zona.

Carloforte y Calasetta (Cerdeña, Italia). La pesca del coral convirtió a la isla en una comunidad tan próspera que a finales del siglo xvii el número de habitantes llegó a superar los límites de acogida. En 1738 el rey Carlo Emmanuelle III de Cerdeña otorgó a los tabarkinos permiso para poblar la isla de San Pietro, cuya capital, en agradecimiento al monarca, pasaría a denominarse Carloforte. Peor suerte corrieron los que se quedaron en Tabarka, pues en 1741 la isla fue asolada por corsarios tunecinos que raptaron a más de ochocientos tabarkinos para ser vendidos en Túnez. Tras doce años de negociaciones y el pago de numerosos rescates, muchos recuperaron su libertad para iniciar una nueva vida en Calasetta, en la isla de Sant’Antioco, frente a Carloforte donde ya prosperaban sus hermanos.

Nueva Tabarca (Alicante, España). Pero no todos los esclavos tabarkinos gozaron de la misma fortuna, y tuvieron que esperar a 1768 cuando coincidirían en el tiempo dos acontecimientos que marcarían la historia de la isla y de sus habitantes: por una parte, el cautiverio de los tabarkinos en las cárceles de Túnez y Argel tras la toma de Tabarka; por otra, la necesidad del rey Carlos III de España de poblar la conocida como isla Plana, para evitar que fuera base de operaciones de los piratas berberiscos que asolaban la costa levantina, para lo que encargaría al Conde de Aranda su fortificación, pero sin éxito a la hora conseguir una población permanente.
Es entonces cuando, el 5 de abril de 1768, Carlos III firma una disposición que se transmitió a las tres órdenes redentoras de los Trinitarios Calzados, los Trinitarios Descalzos y los Mercedarios. Mandaba concertar un canje de prisioneros argelinos por los españoles que habían quedado en Argel, sirviendo como mediador el embajador marroquí en España, Hamet Elgazel. El Conde de Aranda recomendó a Carlos III que, para apoyar la redención, se procediese al envío de cuatro navíos de guerra que hiciesen de escolta y actuasen a su vez como medio de intimidación. El 7 de octubre zarparon las naves San Vicente, San Isidro y Santa Isabel con la fragata Santa Teresa, que a los cinco días de navegación llegaron a la bahía de Argel. El 26 de octubre los padres redentores bajaron a tierra y procedieron al canje de veintiséis capitanes y patronos de barco a cambio de otros tantos arraeces argelinos, y el resto se continuó según la norma establecida de un argelino por cada dos españoles.
Un temporal obligaría a los barcos españoles a levar anclas y dejar la bahía, mientras los padres redentores permanecían en tierra encabezados por fray Alonso Cano, para rescatar, esta vez pagando fuertes sumas de dinero, obedeciendo órdenes secretas de Carlos III, al resto de los cautivos, que se destinarían a poblar la isla Plana. La escuadra española regresó a la bahía de Argel el 23 de febrero de 1769, llevándose a cabo los últimos canjes tres días después, zarpando para España y llegando a Alicante el 7 de marzo, donde permacerían unos meses para reponerse del viaje y las penurias sufridas. Se hizo un recuento de los rescatados, la conocida Matrícula de los tabarquinos que fueron destinados a poblar la isla, a la que llegaron el 8 de diciembre, y desde entonces recibiría el nombre de Nueva Tabarca.

La Madonna dello Schiavo. La epopeya tabarquina aún tenía que ver un último episodio. Recoge la Biblioteca Mercedaria que la ciudad de Carloforte sería sorprendida por medio millar de piratas tunecinos en la madrugada del 3 de septiembre de 1798. Después de vencer a los pocos soldados de la guarnición, invadieron ferozmente las calles de la ciudad entre escenas de dolor y desesperación, saqueando en dos días toda la isla de San Pietro. Muchos lograron huir escondiéndose en los campos o simulando estar muertos, pero novecientos treinta y tres carlofortinos, alrededor de la mitad de la población, en especial mujeres y niños, fueron hechos prisioneros, hacinados como bestias en sus naves y enviados a Nabeul, en Túnez, donde tras dos días de navegación los exhibieron ante la población local, siendo vendidos en subasta el día 10 de septiembre.
La situación de estos desventurados conmovió a las autoridades civiles de Cerdeña y en especial a los Mercedarios, que tomaron la iniciativa para lograr su liberación. La suma pedida por cada cautivo era enorme, muy superior a las posibilidades de los carlofortinos que escaparon a la captura y a las del mismo Estado Sardo-Piamontés, en muy mala situación económica por las guerras napoleónicas. Muchos cristianos se movilizaron en Italia y en buena parte de Europa mientras los Mercedarios recorrían los pueblos de la isla para recoger fondos para la redención, coordinados por los síndicos, obreros o hermanos de la redención nombrados en cada población por el superior de la viceprovincia mercedaria de Cerdeña.
Los años pasaban, en 1803 habían fallecido ciento cincuenta cautivos. Poco antes, Niccola Moretto, que gozaba de cierta libertad concedida por su patrón, encontró abandonada en la orilla del mar —al parecer parte del mascarón de proa de un barco naufragado— una imagen de La Inmaculada que recuperó y al poco se convertiría en el soporte de la fe, refugio y esperanza de todos los prisioneros. Fue bautizada La Madonna dello Schiavo —hoy venerada en la iglesia de Carloforte, donde se situó dentro de un marco de madera con una inscripción grabada en dialecto tabarquini con una oración pidiendo la liberación—, y en junio de 1803 llegó el rescate. El día 24 los cautivos redimidos fueron acogidos en el santuario de Bonaria, en Cagliari, de donde se trasladaron a la catedral para dar gracias por su salvación y, concluida la cuarentena a finales de julio, volvieron a su isla.

«La Virgen del Esclavo». Teniendo en cuenta que había transcurrido treinta y un años desde la llegada de los tabarquinos a Nueva Tabarca hasta el hallazgo de la talla de la Virgen por los carlofortinos esclavos en Túnez, ¿dónde están esos orígenes históricos, esa redención de los tabarquinos alicantinos, esa «reina mora» que recogen los medios y relacionan con la Virgen del Esclavo? Sin duda sus promotores no supieron transmitir lo que una comisión de descendientes de los tabarquinos originales, que fueron a Carloforte con motivo del hermanamiento con Nueva Tabarca en 1975, oyeron y al parecer investigaron. Décadas más tarde, alguien redescubrió aquello y pensó que estaría bien importar la idea y adaptarla a su isla, y el conocido como «último calafate» de Nueva Tabarca, Antonio Ruso, se encargó de reproducir la talla de la Madonna dello Schiavo para representar una obra teatral, mezcla de leyenda e historia, casi sin diálogo. Por último, la talla quedó expuesta en una hornacina en la puerta de San Gabriel de la isla, y la Madonna dello Schiavo fue hermanada con la Virgen del Carmen, tal vez como una torpe justificación de esa «adquisición» carlofortina.
Podría haber estado bien, no deja de ser cultura y orígenes comunes, pero si se hubiera respetado la realidad, no tergiversándola para hacerla propia, porque Nueva Tabarca tiene historia y tradición como para no necesitar importación alguna cultural, folklórica o religiosa.









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