Madre, hoy te hablo desde el corazón y con la verdad,
aquí entre los rosales, buscando un poco de paz.
Te echo de menos, tú eras mi apoyo y mi guía,
la que con sus consejos mis penas me dormían.
Me duele el alma por haber tenido que marchar,
pero tú sabes bien lo que tuvimos que aguantar.
Aquellas palizas, el miedo y el dolor,
yo solo quería defenderte con todo mi amor.
Me fui para no perder la vida, por pura necesidad,
porque aquel infierno no era forma de tener dignidad.
Tú lo viste todo, madre, viste mi sacrificio y mi fe,
y sé que donde estés, comprendes por qué me alejé.
Ahora cuido las rosas del Nazareno con devoción,
y te las ofrezco a ti, con toda mi humilde emoción.
Como cuando plantábamos tomates y usábamos el arado,
siento que, en cada brote, tú sigues aquí a mi lado.
No estoy solo, María, porque tú vives en mi recuerdo,
y aunque no estés conmigo, en tus consejos me pierdo.
Te quiero, madre mía, hoy y toda la eternidad,
gracias por ser mi madre, mi luz y mi verdad



















