Reivindico lealtad institucional al Rey y a la Jefatura del Estado

La lealtad es una virtud y un valor humano que consiste en el compromiso, la fidelidad y el respeto incondicional hacia una persona, grupo, comunidad, causa o hacia los propios principios.

No me refiero a la obediencia ciega. Tampoco a renunciar a tus propias ideas, a la crítica e incluso a la discrepancia. Afirmo algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: saber respetar a quienes representan aquello que está por encima de nosotros mismos.

Me refiero la lealtad hacia una Institución. Y sobre todo lealtad hacia las reglas de convivencia que todos nos hemos dado.

España es una Monarquía Parlamentaria. Esto no es una opinión ni una cuestión de simpatía personal. Lo dice nuestra Constitución. Y la Constitución establece que el Rey es el  Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia. También le concede la función de arbitrar y mediar el funcionamiento regular de las instituciones. Con esta Constitución, aprobada por el pueblo español, hay algo que es elemental para cualquier dirigente político: respeto institucional a quien ocupa la Jefatura del Estado.

Y es aquí que la polémica de ayer nos lleva a reivindicar la lealtad. Pedro Sánchez ha cuestionado públicamente que Felipe VI no ha visitado Ceuta y Melilla durante su reinado. En una entrevista ayer a la Cadena Ser ha llegado a afirmar “durante sus 20 años de reinado”, una cifra que no se corresponde con la realidad: Felipe VI fue proclamado Rey de España el 19 de junio de 2014.

Pero más allá del error de cálculo, hay una cuestión mucho más importante. ¿Quién decide cuando y en qué circunstancias se producen las visitas oficiales del Jefe del Estado?

Porque no estamos hablando de un ciudadano particular que decide espontáneamente coger un avión y desplazarse a una ciudad determinada. Estamos hablando del Rey de España. Y el propio Orden Constitucional establece que los actos del Rey están sujetos al refrendo del Presidente del Gobierno o de los ministros competentes.  Por esto resulta llamativo escuchar ahora críticas de Pedro Sánchez hacia el Rey por una ausencia cuya solución requiere precisamente un acuerdo y coordinación institucional entre la Jefatura del Estado y el Gobierno.  Más aún cuando el Presidente del Gobierno sí ha viajado a Ceuta.

Entonces hay que hacer una pregunta que quizá sea incómoda. Si el Presidente del Gobierno puede viajar a Ceuta, ¿por qué no lo ha hecho aún el Rey D. Felipe VI, por qué no se ha encontrado el momento institucional adecuado para que haga ese viaje el Jefe del Estado español?

Cuando hablamos del Rey no deberíamos hacerlo pensando únicamente en Felipe VI como persona, lo tenemos que hacer pensando que representa a la Institución de la Corona. Es la Jefatura del Estado. Quien constitucionalmente representa la unidad y permanencia de España. Y precisamente por esto, un Presidente de Gobierno debería ser especialmente respetuoso cuando se refiere públicamente al Rey.

La crítica política forma parte de la democracia. También la discrepancia. Pero la lealtad institucional debe de estar por encima de la estrategia política del momento.

Y ahí está la grandeza de una Institución que, por definición constitucional, está por encima de la batalla partidista.

Un país en el que la lealtad se sustituye por la conveniencia, el respeto por el cálculo político y los principios por la oportunidad corre el riesgo de quedarse sin aquello que realmente mantiene unida a una nación. Una sociedad que pierde el respeto por sus instituciones termina también perdiendo el respeto por sí misma.

Lealtad no significa renunciar a tus propias ideas, sino no traicionar aquello que está por encima de nuestras propias ambiciones. Y en España respetar al Rey como Jefe del Estado debería ser una cuestión de lealtad institucional.

No se puede reclamar respeto a las instituciones cuando interesa, y cuestionarlas cuando dejan de servir al político de turno para su relato.

No se puede exigir al Rey que represente a todos los españoles y, al mismo tiempo, convertir su ausencia en determinados territorios en un arma de confrontación política. Y menos aun cuando hablamos de Ceuta y Melilla. Dos ciudades españolas que necesitan, especialmente en momentos de dificultad, algo más importante que una discusión partidista: necesitan sentirse respaldados por España.

Felipe VI no tiene poder ejecutivo, no corresponde al Rey gestionar una crisis migratoria, ordenar un dispositivo policial o negociar con Marruecos. Pero sí tiene una función constitucional de representación, cohesión y unidad.

Y quizá por eso su presencia en Ceuta y Melilla tiene un valor superior a lo que trasciende una fotografía.  Porque el Rey está, acompaña, manifiesta con su presencia que no están solos e insta a los distintos ministerios a poner las bases para resolver los problemas. Y precisamente por esto sorprende que no haya ido a Ceuta y Melilla desde que fue proclamado Rey.

En estos 12 años de reinado, 8 han sido durante la presidencia de Pedro Sánchez, por lo que su afirmación de ayer reprochando la no visita del Rey a esas dos ciudades autónomas resulta muy curiosa. ¿Lo entiende, quizá quiere tapar con esta polémica la presunta mala gestión de su Gobierno en la actual crisis migratoria en Ceuta?

Ahora, ante el clamor popular, el Presidente Sánchez anuncia que el Rey irá a Ceuta “cuando se den las condiciones”.

Ojalá sea pronto. Y ojalá nadie convierta esta visita en una victoria política. Porque el Rey no representa a ningún partido político, el Rey representa a todos los españoles.

Pascual Rosser Limiñana

Colaborador de «El Consistorio»

Escritor

Tags: El Atril de Pascual Rosser Limiñana

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