Cada 15 de agosto, cuando el calor apresta en la capital toledana, no hay toledano ni visitante que se pierda la hermosa costumbre de acercarse al claustro de la Catedral Primada. Allí, entre los imponentes arcos de piedra, nos esperan los míticos botijos de barro bien fresquitos para darnos el trago del «Agua de la Virgen». Pero… ¿de dónde viene este cariño por el botijo y por nuestra Patrona?
La imagen de la Virgen del Sagrario

Vestida con sus mantos bordados e impresionante orfebrería, la Virgen del Sagrario guarda un lugar muy especial en el corazón de Toledo. Cuentan las viejas historias que allá por el año 711, para salvar a la venerada imagen de la invasión, los antiguos toledanos la ocultaron en lo más profundo de un pozo del claustro catedralicio. Allí permaneció resguardada durante siglos hasta la Reconquista. Al ser rescatada intacta, la gente del pueblo comenzó a considerar que el agua de aquel aljibe bendecido poseía virtudes especiales y curativas.
La leyenda del botijo y el «milagro» del calor

La tradición de repartir el agua en la festividad se afianzó en el siglo XVII. Dice la leyenda que en un día de fiesta sofocante de agosto, entre las apreturas y la multitud en el claustro, un niño sufrió un fuerte desvanecimiento y quedó tendido sin dar señales de vida. Desesperados, los vecinos corrieron a sacar agua de los pozos de la catedral y se la echaron por la cara. El pequeño recobró el conocimiento al instante y, asombrados, todos aclamaron el «milagro del Agua de la Virgen».

Desde entonces, para calmar la sed y renovar la fe en pleno verano, los sirvientes de la catedral llenan los entrañables botijos de barro blanco que mantienen el agua fresca de forma natural, regalando a cada devoto no solo un alivio para la garganta, sino un pedacito vivo de nuestra historia




















