El retroceso democrático como factor de inseguridad internacional

Introducción.

En artículos anteriores he apuntado un preocupante hecho, cual es el retroceso de la democracia como el sistema político de referencia en el mundo. Situación que es preocupante por cuanto su declive apunta hacia una suerte de regreso al autoritarismo referente de la lógica política en los inicios del pasado siglo.

En “El Orden Mundial”[1] se hace un diagnóstico sobre lo que para esta publicación significa el declive de la democracia frente a los autoritarismos; su análisis lo centra en un dato muy significativo, cual es que menos de la cuarta parte de los Estados están regidos actualmente por regímenes democráticos liberales. Pero si nos referimos a las democracias cabe asimismo hacer una distinció, pues no todas ellas son iguales, a este tenor habría que distinguir entre las democracias plenas o consolidades y las desestructuradas o débiles. Las primeras serían aquellas que se encuentran fundamentadas en el Estado de derecho, lo que supone una consolidada separación de poderes, unos controles a los mecanismos de gobernanza y una institucionalidad acreditada. Dentro de este grupo se pueden incluir como exponentes de las democracias liberales: la práctica totalidad de los países europeos, Estados Unidos, Canadá, Australia, Corea del Sur y Japón. Un segundo grupo de países democráticos lo constituyen naciones que, si bien formalmente se autodefinen como democracias, presentan debilidades en lo que se refiere a las garantías propias del Estado de derecho, además, de no existir mecanismos de control de la gobernabilidad, así como significativas vulneraciones de los derechos y libertades de sus ciudadanos. Como ejemplos de este modelo, cuya única coincidencia con las democracias es la realización de procesos electorales y no siempre con las debidas garantías, se podrían citar a la inmensa mayoría de los países del continente americano, Sudáfrica y algunos países de Asia como Mongolia, Indonesia y Tailandia.

Si incluimos este segundo tipo de países citados como democracias, la suma de ambos representa tan solo el 30% de la población mundial, mientras que el 70% restante vive bajo modelos autocráticos, de los cuales la tercera parte de estos últimos viven en regímenes totalmente autoritarios sin ningún tipo de garantías individuales y en los que la oposición política se encuentra completamente reprimida. China y Rusia no solamente son los más representativos de este modelo de autocracia cerrada, sino que además son dos de las potencias globales que conforman el nuevo orden mundial; junto a ellos hay que incluir la práctica totalidad de la franja del Sahel y los países de la Península Arábiga y Oriente Medio. Según la fuente citada, un grupo de 60 países integrarían el modelo de las autocracias electorales, donde sí se desarrollan elecciones, pero sin las debidas garantías democráticas, como podrían ser considerados países como Venezuela, Argelia, Marruecos, India y gran parte de los países centroafricanos.[2]

Si este desequilibrio es ya de por sí preocupante, se ve agravado por el hecho de que en algunos de los países democráticos se encuentren en procesos que están poniendo en riesgo su propia institucionalidad, llegando a cuestionar, desde ciertos sectores de la sociedad alimentados por políticas extremistas, los procesos electorales e incluso se pretenda revertirlos. Este escenario redunda en la idea inicialmente planteada de que nos encontramos ante un síntoma de una evidente fatiga democrática. Este contexto, favorecido por las repercusiones de las redes sociales en la difusión de los discursos de odio y polarización, está generando una creciente desconfianza institucional que abre la puerta al modelo de liderazgo autocrático.

Es el momento de plantearnos qué relación existe entre este deterioro democrático y la seguridad internacional. El retroceso de las democracias pone en tela de juicio el liberalismo como enfoque de análisis de las relaciones internacionales, el cual ha sido, además, uno de los enfoques teóricos tradicionales de la seguridad internacional, junto al realismo y el constructivismo social. El marco teórico del liberalismo en el ámbito de la seguridad contempla tres parámetros para su diagnóstico: la paz democrática, la interdependencia compleja y el institucionalismo liberal. El primero de ellos se refiere al principio liberal de la “Pax Democrática”, el cual sostiene que las democracias no recurren a la guerra entre ellas como medio para alcanzar sus propios intereses, de lo que se puede inferir que la inseguridad mundial será menor en la medida que los modelos democráticos se encuentren más expandidos y consolidados. Sin embargo, lejos del supuesto auge del modelo democrático, su retroceso es evidente y más que preocupante; según la citada publicación de El Orden Mundial, solamente el 28% de la población del mundo vivía bajo alguno de los dos tipos de democracia arriba citados en 2024, frente al 52% que lo hacía en 2016.

El segundo de los factores considerados se fundamenta en la existencia de una red de intereses, principalmente económicos, de manera que la guerra pasa a ser una opción que no aporta las soluciones deseadas. Lo que se evidencia en los dos conflictos armados actuales más relevantes para la seguridad mundial como son los que mantienen Rusia y Ucrania y el derivado de la acción armada de Estados Unidos e Israel sobre Irán y su extensión a Oriente Próximo. Ni uno ni otro está aportando ventajas estratégicas a ninguno de los contendientes directos o indirectos.

El tercero de los parámetros que conforman el liberalismo es el que se sustenta en el institucionalismo liberal, el cual, a su vez, se fundamenta en una serie de principios, reglas, normas y procedimientos que rigen y condicionan el comportamiento de los Estados en el sistema internacional y cuyo sustento, por otra parte, radica esencialmente en el buen funcionamiento de las democracias liberales. La evidencia de la fractura del modelo del mundo basado en normas bien pudiera relacionarse con el planteamiento previo sobre el retroceso de las democracias.

Consecuencias del debilitamiento de las democracias sobre la seguridad internacional.

Así pues, este declive democrático si bien su afectación es directa sobre el primero de los factores citados –el principio de “Pax Democrática”–, también, condiciona los otros dos en la medida que, por una parte, promueve la competencia frente a la cooperación, a la vez, que abunda en la fractura de los regímenes internacionales basados en normas. En este contexto es más fácil identificar la realidad de la seguridad de nuestros días caracterizada por la conflictividad de zona gris, lo que trataremos de abordar a continuación.

El debilitamiento de las democracias está generando una crisis profunda sobre el principio que ha sustentado el enfoque liberal de los estudios de la seguridad internacional que abogaba por que la mayor estabilidad del sistema se encontraba asociada a la expansión de los regímenes democráticos. Este principio marcó en no pocas ocasiones las opciones estratégicas en los procesos de reconstrucción en conflictos asimétricos como fueron, por ejemplo, los de Afganistán e Irak; sin embargo, la experiencia en estos dos países no cuestiona necesariamente el principio de la paz democrática, pero sí pone de manifiesto las limitaciones de los procesos de democratización que, impulsados desde el exterior, tratan de imponerse en sociedades que carecen de las condiciones institucionales, culturales y socioeconómicas que caracterizan a las democracias liberales consolidadas. Así pues, se podría argumentar que la Paz Democrática no es en sí mismo un principio universal, adaptándose, casi exclusivamente, a las sociedades desarrolladas occidentales.

El problema de fondo no es tanto la expansión de la democracia como sistema universal de gobernanza, sino el desapego de las sociedades occidentales de este modelo. Resulta cada vez menos infrecuente los países que transitan de las democracias plenas hacia el segundo de los niveles citados –democracias electorales– fundamentalmente por su propio deterioro institucional. Este debilitamiento democrático está generando una disfunción entre la cooperación y la competencia, apareciendo un espacio difuso entre esta última y la guerra, en síntesis, una zona gris, en la que se ven favorecidas las estrategias de confrontación que buscan debilitar a potenciales adversarios para alcanzar los propios intereses.

En este contexto difuso, la interdependencia compleja que promueve el modelo liberal se ve claramente debilitada, pues no se trata de una conflictividad armada –la guerra–, sino de comportamientos y acciones más sutiles e indeterminadas susceptibles de aportar opciones estratégicas con un adecuado balance coste-beneficio. Además, la conflictividad en zona gris permite simultanear posicionamientos opuestos: la cooperación, sustentada en la interdependencia económica con la competencia en base a una rivalidad geopolítica o lucha de poder, ejemplo de ello es la actual relación de las potencias occidentales y China.

Por último, para comprender en toda su amplitud las derivadas para la seguridad internacional del debilitamiento de las democracias liberales, hay que hacer referencia a lo que podría ser considerada una resultante perversa: la erosión del institucionalismo liberal. En un sistema internacional dominado por la anarquía, en el que no existe una gobernanza global efectiva, se precisa disponer de unas instituciones internacionales avaladas por una incuestionable legitimidad y fortaleza y que estén sustentadas en un multilateralismo eficaz. El retroceso democrático que caracteriza el orden mundial en la tercera década de este siglo no solo no actúa a favor de los organismos internacionales, sino que se manifiesta un creciente cuestionamiento de las normas que conforman los regímenes de seguridad. En un contexto internacional en el que las normas han dejado de ser relevantes se ve favorecida la conflictividad de zona gris.

La cuestión relevante de todo lo anteriormente expuesto no es únicamente que existan menos democracias en el mundo, sino que el debilitamiento de éstas contribuye también a transformar la naturaleza de la conflictividad internacional. En la medida que se erosionan los mecanismos de cooperación, se cuestionan las normas que regulan las relaciones entre Estados y se debilita la legitimidad de las instituciones internacionales, aumenta el espacio para una competencia estratégica sin límites, lo que favorece la confrontación en zona gris.

Principales riesgos que suponen el declive de la democracia a nivel mundial

En los párrafos anteriores hemos puesto el énfasis en el declive de las democracias, el cual sería un error circunscribirlo al ámbito electoral, cuando el verdadero problema es de legitimidad institucional. Esta crisis se manifiesta en una pérdida de confianza de las sociedades occidentales en los gobiernos, parlamentos, medios y élites políticas, siendo causa y efecto de la proliferación del populismo y la polarización. Son estos dos factores los que influyen de manera capital en el deterioro institucional que, al fin y a la postre, es lo que genera el debilitamiento de las democracias. En este escenario la seguridad aparece como una condición más compleja e incierta, enfrentando desafíos que no son esencialmente nuevos, pero sí se ven afectados por el retroceso de las democracias, comprender las consecuencias de esta transformación exige identificar los principales riesgos asociados al declive democrático, cuestión que abordaremos a continuación.

  1. Fragilidad estatal. Posiblemente sea el riesgo que representan los Estados débiles para la seguridad internacional el que mejor se identifica con la debilidad democrática. La mayoría estos países surgieron de los procesos de descolonización en los años 60,s y 70,s del pasado siglo, dando lugar a unos regímenes que bien podrían asociarse, en el mejor de los casos a unas democracias desestructuradas, en manos de unas élites no formadas con unos débiles estándares de gobernanza

Durante la Guerra Fría muchos de estos Estados mantuvieron una estabilidad artificial gracias al apoyo político, económico o militar de alguno de los dos bloques. La desaparición de dicha tutela dejó al descubierto debilidades estructurales que, en numerosos casos, derivaron en procesos de fragilización progresiva.

La fragilidad de los Estados constituye uno de los principales desafíos para la seguridad internacional debido a la inestabilidad que genera tanto en el ámbito interno como en el regional. Su debilidad institucional, incapacidad para satisfacer las necesidades básicas de la población, la competencia violenta por el poder y la pérdida del monopolio legítimo de la fuerza favorecen la aparición de conflictos, crisis humanitarias, desplazamientos masivos de población y espacios de impunidad aprovechados por organizaciones criminales y grupos armados. Aunque resulta discutible considerar a los Estados fallidos como una amenaza directa para una hipotética seguridad global, su impacto sobre los complejos regionales de seguridad es evidente, proyectando inestabilidad más allá de sus fronteras mediante flujos migratorios descontrolados, actividades ilícitas transnacionales y dinámicas de inseguridad que terminan afectando a regiones vecinas e incluso a la estabilidad internacional en su conjunto. Por ello, la fragilidad estatal se ha consolidado como uno de los principales factores de riesgo para la seguridad del siglo XXI.

  1. Conflictividad de zona gris. Amenazas híbridas. El debilitamiento de las democracias no solamente incrementa la vulnerabilidad de los Estados frente a las estrategias híbridas, sino que además favorece su proliferación al ofrecer un entorno caracterizado por la polarización social, la pérdida de confianza institucional y la fragmentación del espacio cognitivo. En consecuencia, la conflictividad en zona gris se está consolidando como una de las formas predominantes de confrontación estratégica en el siglo XXI.

No se trata de hacer una descripción exhaustiva de las condiciones que determinan la esta nueva dimensión del conflicto ni de las amenazas híbridas asociadas a él, sino el hecho de que el debilitamiento de las democracias favorece su desarrollo, en la medida que erosiona la cohesión social, debilita la legitimidad institucional y dificulta la respuesta colectiva de los Estados democráticos. Para ello recurriré a algunos de las proposiciones que he desarrollado en artículos anteriores.

  • El terreno humano como espacio de confrontación.[3] La competición estratégica contemporánea ya no se desarrolla únicamente sobre espacios físicos, sino también, y de manera preminente sobre espacios cognitivos y sociales.

La zona gris encuentra en las democracias debilitadas un entorno especialmente favorable, aprovechando la polarización social como situación inherente en ellas y en la cada vez menor confianza institucional. En consecuencia, la mayor facilidad para modificar la percepción colectiva permite a los agentes hostiles o potenciales adversarios alcanzar sus objetivos e intereses sin necesidad de recurrir a la ocupación o control físico de territorios, lo que redunda en lo que se podría interpretar como una mayor eficiencia en términos coste-beneficio.

  • La posverdad y la manipulación de la percepción.[4] En las sociedades hiperconectadas la disputa por la interpretación de los hechos ha adquirido, en las últimas décadas, una relevancia estratégica fundamental para el control del territorio humano, aprovechando las ventajas que aportan la explotación de las nuevas tecnologías sociales.

Las campañas de desinformación constituyen sus principales formas de actuación con el objetivo de erosionar la confianza entre gobernantes y gobernados para, a partir de ello, alterar el propio ordenamiento constitucional. Esta manipulación social es un ejemplo palmario de como hoy en día las democracias se destruyen desde dentro, sin necesidad de recurrir al uso de la fuerza.

  • La instrumentalización de las migraciones.[5] La migración no debe de ser abordada exclusivamente como fenómeno social, sino, también, en el caso de la migración incontrolada, como un instrumento de presión política y con unas repercusiones directas sobre la seguridad nacional por su relación con fenómenos como el terrorismo y el crimen organizado.

La utilización de flujos migratorios como herramienta coercitiva demuestra que la confrontación híbrida aprovecha precisamente las vulnerabilidades de las sociedades abiertas.

  • La corrupción y el crimen organizado.[6] La corrupción y la criminalidad organizada erosionan la capacidad del Estado para ejercer eficazmente sus funciones. Las organizaciones criminales no solamente generan inseguridad, sino que representan una clara amenaza de penetración de las instituciones, debilitando la propia legitimidad de los Estados.

Desde esta perspectiva, la criminalidad organizada puede interpretarse como un actor relevante dentro de determinados escenarios híbridos, en los que la corrupción es el principal agente facilitador.

  • La guerra híbrida como forma predominante de conflictividad.[7] La guerra convencional no ha desaparecido, pero la confrontación entre Estados se desarrolla cada vez más en un espacio intermedio entre la paz y la guerra. Precisamente la definición operativa de zona gris aporta una explicación de este nuevo escenario de la conflictividad mundial, en ella se contempla, por una parte, la combinación simultánea de factores como son la presión económica, la desinformación, los ciberataques y la instrumentalización de migraciones, por citar las más relevantes; y por otra, se asume la presencia de actores interpuestos que tratan de ejercer su influencia mediante la coerción diplomática y la influencia política. Todo ello manteniendo la confrontación por debajo del umbral de la guerra abierta.
  1. Debilitamiento de la gobernanza global. Otros de los fenómenos frecuentemente asociados al declive democrático como son los que se refieren a la creciente polarización social y la expansión de modelos autoritarios de gobernanza, no debieran ser considerados necesariamente riesgos en sí mismos, sino factores que alimentan y aceleran las dinámicas anteriormente descritas. La polarización favorece la fragmentación del terreno humano y amplifica la vulnerabilidad de las sociedades frente a las estrategias híbridas, mientras que la consolidación de modelos autoritarios es, al mismo tiempo, una de las causas y una de las consecuencias del debilitamiento de las democracias liberales. Sin embargo, existe una derivada adicional de carácter sistémico cuya relevancia trasciende el ámbito interno de los Estados y afecta al conjunto del sistema internacional: el progresivo debilitamiento de la gobernanza global.

Recordemos lo expuesto anteriormente sobre el hecho de que el debilitamiento democrático no solamente afecta a los Estados, sino también a la legitimidad de las instituciones, a la aceptación de las reglas comunes y a la capacidad del sistema internacional para gestionar problemas colectivos. Esa pérdida de gobernanza es la que permite que prosperen tanto los Estados frágiles como la conflictividad en zona gris, convirtiéndose así en la consecuencia sistémica que engloba a las anteriores.

Conclusiones.

El retroceso de las democracias constituye uno de los fenómenos políticos más relevantes del siglo XXI no tanto por la reducción cuantitativa de los regímenes democráticos, sino por el progresivo debilitamiento de la legitimidad institucional sobre la que se sustentan. La verdadera amenaza no reside únicamente en el avance de los autoritarismos, sino en la erosión de la confianza de los ciudadanos en las instituciones llamadas a garantizar la gobernanza, el Estado de derecho y las libertades individuales.

Desde la perspectiva de la seguridad internacional, el declive democrático favorece un entorno más competitivo y menos cooperativo, debilitando los principios que sustentaron el orden liberal posterior a la Guerra Fría. La proliferación de Estados frágiles, la expansión de la conflictividad en zona gris y la creciente dificultad para articular respuestas colectivas frente a desafíos comunes son manifestaciones directas de esta transformación del sistema internacional.

La defensa de la democracia no debe interpretarse únicamente como una cuestión ideológica o política, sino como una necesidad estratégica. En un contexto caracterizado por la competencia entre grandes potencias, la fragmentación social y la erosión de las normas internacionales, la fortaleza institucional, la cohesión social y la calidad de la gobernanza se han convertido en factores determinantes para la estabilidad, la seguridad y la resiliencia de las sociedades contemporáne

[1] Marín, J.L., Merino, A., Hernando, C. 2025 Las fuerzas que mueven el mundo. Planeta. Barcelona, España

[2] Esta división en democracia liberal y electoral y autocracia electoral y cerrada coincide con Varieties of Democracy (V-Dem) de la Universidad de Goteburgo, Suecia en su publicación: Coppedge M, Gerring J, Glynn A. Varieties of Democracy: Measuring Two Centuries of Political Change. Cambridge University Press; 2020.

[3] https://www.elconsistorio.es/el-terreno-humano-como-factor-determinante-en-el-entorno-cognitivo/

[4] https://cesnav.uninav.edu.mx/cesnav/cesnav-web_en/ININVESTAM/docs/docs_opinion/do_22-17.pdf

[5] https://www.elconsistorio.es/una-aproximacion-a-la-migracion-desde-la-seguridad-de-las-personas-y-de-las-identidades/

[6] https://www.elconsistorio.es/la-criminalidad-organizada-como-amenaza-a-la-seguridad-nacional/

[7]https://scholar.google.com/citations?view_op=view_citation&hl=es&user=cRMkTGoAAAAJ&citation_for_view=cRMkTGoAAAAJ:roLk4NBRz8UC y https://www.elconsistorio.es/posibles-salidas-para-la-guerra-de-iran-un-analisis-prospectivo-sobre-un-conflicto-difuso/

Jesús de Miguel Sebatián

Analista Seguridad Internacional

Socio fundador de TWCI y experto en inteligencia estratégica. Con una destacada trayectoria militar internacional en Bosnia, Irak y Afganistán, ha sido Agregado de Defensa en México y directivo de seguridad en el sector privado. Actualmente es docente universitario y consultor especializado.

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