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Comunismo: Una Forma De Ser, No De Sentir

A lo largo de mi vida he tenido relaciones de amistad con todo tipo de personas, con sus diferentes formas de pensar, vivir y comportarse, sin que ello significase ningún mérito o demérito.
Esas personas con las que compartí caminos, vivencias e historias no pertenecen necesariamente a grupos de determinado nivel social, formativo, educativo, doctrinal, condición, estado o ideología…, ni siquiera al mismo tronco familiar, territorial, racial o laboral. Tal vez porque mi vida transcurrió como un nenúfar que no necesita echar raíces para vivir.
Ni clasismo, sectarismo, elitismo, ni partidismo; solo la necesidad de sentirme acompañado fue mi manera de desarrollar mi vida.
Posiblemente esas relaciones fueron y siguen siendo consecuencia de la necesidad que tenemos de comunicarnos, de la necesidad primaria de relacionarnos para combatir la temida, frustrante y devastadora soledad.
Y llegado el momento de vivir la apacible, gratificante y serena ancianidad, sería interesante detenerse a analizar con la calma que nos permite la obligada parsimonia, sin tener que asegurar ya ningún futuro, ni bailarle el agua a nadie.
Con todos los compañeros con los que nos asociamos en las diferentes etapas del largo viaje se produjeron notables semejanzas a la hora de expresar nuestra identidad con la disparidad de culturas, ideologías, doctrinas, ritos y ceremonias.
En aquellos tiempos, de los integrantes del tiempo marcado por la posguerra, sobresalió un buen número de quienes se consideraban más que socialistas, comunistas, que trataban por todos los medios, hacernos comulgar con sus ideas, producto de sus personales vicisitudes, las más de las veces familiares.
Pronto muchos nos dimos cuenta que su concepción de la igualdad pasaba por ser ellos diferentes; que su condición de demócratas pasaba por ser ellos los que dirigian la democracia; que la fórmula de repartir la riqueza la administran ellos; que las clases sociales se rigiesen por el grado de obediencia impuesto por ellos…
Y sobre todo, que la libertad de expresión la pudiesen censurar sólo ellos, puesto que ellos eran los que se hallaban en posesión de la verdad absoluta.
Pese a todo, entre ellos tuvimos grandes amigos, porque en el fondo ellos también estaban en contra de su manera de ser, de manifestarse y producirse.
Todos me enseñaron que la demagogia es el jarabe, el lamedor que usaban para envolver la sustancia que correspondía a la doctrina dispensada por los líderes e ingerida con avidez por el pueblo.
También aprendimos a descubrir que el peligro se encontraba entre los líderes que defendían a dentelladas su posición de privilegio
Sólo hay que echar un vistazo a la Historia, con las bases siempre dispuestas a la obediencia, siempre fieles, siempre dispuestas al sacrificio… Y aquí seguimos…
Enrique García-Moreno Amador
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