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El Vecino De Biar Que Intentó Secuestrar Al Rey En Un Burdel

De las aulas de Derecho a los campos de batalla: el nacimiento de un espía
Hay vidas que parecen escritas para una novela de capa y espada, aunque la historia oficial prefiera dejarlas en una nota a pie de página. La de Vicente Ramón Richart y Pérez (Biar, 1773 – Madrid, 1816) es, sin duda, una de ellas. Nacido en el seno de una familia acomodada de Biar —sus padres, Jaume y Joana, pudieron permitirse una formación universitaria mientras su hermano se ordenaba párroco en el pueblo—, nada en sus primeros años presagiaba el sangriento y estrambótico final que le aguardaba en la capital.
Licenciado en Derecho tras pasar por los claustros de Valencia y Orihuela, el joven Vicente tomó la diligencia a Madrid con la ilusión de cualquier jurista de la época: labrarse un futuro a la sombra del Estado. Y lo cierto es que no empezó mal. Ejerció de juez y secretario en la Real Academia de Jurisprudencia del Espíritu Santo, logró plaza de letrado en el poderoso Consejo de Castilla y fue admitido en la ilustrada Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Sin embargo, a los 34 años, la codiciada plaza de funcionario vitalicio se le seguía resistiendo.

«A los 34 años, entre títulos pomposos y pasillos cortesanos, Richart aún no tenía asegurada la plaza de funcionario de por vida con la que soñaba cualquier letrado español.»
Entonces, el mundo saltó por los aires. La invasión napoleónica de 1808 convirtió las calles de Madrid en un hervidero de pólvora y patriotismo. El 2 de mayo pilló al letrado alicantino repartiendo panfletos clandestinos contra «el usurpador» José Bonaparte. En mitad de la trifulca, demostrando una audacia insospechada para un hombre de leyes, Richart se las apañó para capturar con sus propias manos al general francés Vanderbed y a tres de sus oficiales. Fue el pistoletazo de salida para una metamorfosis radical: del bufete a la guerrilla.
El arte de la conspiración: héroe de la Guerra de la Independencia
La contienda destapó el verdadero talento de Vicente Richart: el espionaje, la infiltración y la guerra de guerrillas. Su hoja de servicios durante la Guerra de la Independencia lee como un guion de aventuras:
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El nadador clandestino: En agosto de 1808, cruzó el río a nado tras las líneas enemigas para escudriñar la posición francesa y regresó de la misma forma para advertir de la llegada del propio José Bonaparte con 1.200 hombres.
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Reorganizador de tropas: Tras el desastre de la batalla de Almonacid, tomó el mando de una columna española desmoralizada en desbandada y logró conducirla intacta hasta Sevilla.
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Saboteador de élite: Infiltrado en terreno enemigo, se dedicó a sabotear las barcas con las que los franceses abastecían sus tropas a través del Tajo.
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Líder de partidas: Recorrió pueblos encendiendo el ánimo popular, reclutando voluntarios y logrando pacificar e integrar a grupos a caballo entre la guerrilla y el bandolero bajo un mismo mando militar.
Su osadía le valió el ascenso a comisario de guerra en Cuenca y a ministro de la Real Hacienda en la división del célebre brigadier Juan Martín Díez «el Empecinado». Fue en ese ambiente convulso, codo con codo con militares salidos del pueblo y alicantinos ilustrados como Julio Cervera o Alberto Carsi, donde Richart abrazó dos causas que marcarían su destino: las ideas liberales y la masonería.

De «el Deseado» a «el Detestado»: la amargura del veterano
Con la expulsión de las tropas napoleónicas y el retorno de Fernando VII en 1814, España respiró aliviada. Richart, aquejado de un reúma atroz tras años de penurias en el monte, esperaba la justa recompensa a sus servicios: una pensión digna y un cargo en la administración.
Pero Fernando VII tenía otros planes. Lo primero que hizo «el Deseado» fue abolir la Constitución de Cádiz de 1812 —por la que tanto habían sangrado los liberales— y restaurar el absolutismo más feroz. En menos de dos años, el monarca se convirtió en una figura aborrecida. Las promesas a los veteranos cayeron en saco roto y la desconfianza mutua entre la Corona y los héroes de la guerra se volvió insostenible.
«Fernando VII abolió la Constitución por la que habían luchado los guerrilleros. En apenas dos años, ‘el Deseado’ se convirtió en uno de los reyes más odiados de la historia.»
En 1815, Richart no dudó en implicarse en el fallido pronunciamiento del general Juan Díaz Porlier. Aunque la historiografía conservadora le acusó de actuar por simple despecho al no recibir un cargo, lo cierto es que cuando se unió a la trama aún aguardaba resolución a su solicitud para el Ministerio. La conspiración fracasó por la delación de varios oficiales que prefirieron la recompensa inmediata del delator. Vicente fue detenido, pero su astucia leguleya le sirvió para salir libre por falta de pruebas.

La Conspiración del Triángulo: un Rey, una marea de sombras y un burdel
Lejos de escarmentar, el vecino de Biar aprovechó su cautiverio para perfeccionar el arte de la subversión. Diseñó un sistema de células clandestinas donde cada miembro solo conocía a otros dos: la Conspiración del Triángulo. De este modo, si alguien caía bajo tortura, solo podía delatar a tres personas. Esta estructura —con claras reminiscencias masónicas— sentaría las bases de la clandestinidad política moderna.
El plan de Richart para derrocar al absolutismo rozaba el sainete satírico, pero estaba minuciosamente calculado. El punto débil del monarca no era su guardia real, sino sus escapadas nocturnas. Como buen Borbón, Fernando VII sentía devoción por los burdeles de Madrid, especialmente por uno en la calle Ave María donde trabajaba su meretriz preferida: Lola la «Naranjera». El rey acudía a estas citas de incógnito, acompañado únicamente por un antiguo aguador reconvertido en celestino, conocido como «Chamorro».

El plan era tan simple como audaz:
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Infiltración: Dos sargentos de la Armada contactados por Richart se esconderían en la habitación de Lola la «Naranjera».
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Secuestro: Al entrar el monarca, lo encañonarían y lo recluirían para obligarlo a jurar la Constitución de 1812.
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Regicidio de emergencia: Contando con la «natural cobardía» del rey, asumían que accedería. Sin embargo, la orden era tajante: si Fernando VII ofrecía resistencia, debía ser ejecutado allí mismo.

Traición, patíbulo y la jaula de la Puerta de Alcalá
A pesar de la ingeniosa arquitectura triangular, el factor humano volvió a fallar. Los dos sargentos, aterrorizados ante la perspectiva de un regicidio, acudieron a las autoridades a vender la trama. Alertado del soplazo, Richart corrió a avisar a sus colaboradores sin saber que la trampa ya se había cerrado: sus propios contactos lo encañonaron y lo entregaron a la justicia.
Aunque la policía calculó que había más de cincuenta altos cargos militares e ilustrados implicados en el complot, el hermetismo de la red triangular ideada por Richart funcionó a la perfección. Ni los interrogatorios ni los suplicios consiguieron arrancarle los nombres del resto de la trama. Solo se pudo probar la implicación de dos personas: el propio Vicente Richart y un modesto artesano llamado Baltasar Gutiérrez (sastre o barbero, según las fuentes).
«El sistema de células triangulares funcionó: a pesar de los interrogatorios, Richart solo dejó al descubierto a un cómplice. Se salvó la red, pero no su vida.»

El 6 de mayo de 1816, la plaza de la Cebada de Madrid acogió la ejecución pública de ambos conjurados. Richart fue ahorcado ante la multitud. Para escarmiento de futuros liberales, la furia absolutista no se detuvo tras la muerte: su cadáver fue mutilado y desmembrado, y su cabeza quedó expuesta dentro de una jaula de hierro en la mismísima Puerta de Alcalá.
Años más tarde, en esa misma plaza de la Cebada, sería ejecutado el general Riego tras la restauración absolutista de 1823. La historia no olvida: el abogado de Biar que cambió las leyes por el sabotaje y las alcobas clandestinas pagó con su vida el intento de someter al rey a la voluntad del pueblo, dejando tras de sí una de las anécdotas más oscuras, audaces y trágicas de la España contemporánea.

Bibliografía:
- Gran enciclopedia de España
- Joan Canela – periodista
- Victoriano Ameller – escritor
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