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La Luz Que Ilumina El Camino

Desde principios de aquellos años cuarenta en los que abrí por primera vez los ojos al mundo, fui descubriendo sensaciones contrapuestas, ya que por un lado creí que sólo progresaba la tecnología y sin embargo lo que se estaba produciendo era una gran revolución social, siendo que en la actualidad me encuentro inmerso en un mundo extraño que camina a la deriva que nada tiene que ver con aquel donde todos contribuimos con nuestro esfuerzo, sacrificio y dedicación plena.
Han variado las formas, pero no el fondo. Han transformado los ritos, las litúrgicas, las escenografías y las maneras, pero no las ideas. Han cambiado los valores, pero no las reacciones iracundas. Han cambiado los conceptos, pero no los principios.
Estoy dispuesto a aceptar sin mostrar apenas resistencia, que algunas miserias, auténticas rémoras humanas, se hayan mantenido inalterables, como la ambición, la envidia y la intolerancia.
Mientras otros conceptos se han hecho fuertes en nosotros, como nuestros principios, creencias y sentimientos, tal vez porque los preservamos para que no corrieran riesgos innecesarios.
Desde el comienzo luché por intentar convencerme de que la avaricia, el desmedido afán de poder y la congénita ambición podrían acabar conmigo al abrir de par la compuerta por donde discurre la soberbia.
Llegados a este momento, las luchas, las guerras, las intrigas y los enfrentamientos que pude contemplar a cierta distancia fueron consecuencia de la ambición y unas desmedidas ansias de poder.
Pese a todo y dentro de este maremágnum de acontecimientos tengo el privilegio de ser espectador del mayor tiempo de paz de la historia. Ochenta y siete años ya…
Resulta curioso contemplar quienes fueron los que manejaron el poder a su antojo, pasando de los militares, a la Iglesia y los grandes empresarios, hasta este híbrido de democracia manoseada, amañada y adulterada por esta panda de mediocres.
Por todo ello me niego a ser cómplice de los ricos, de los poderosos y de los gerifaltes, ya sean capitalistas, comunistas, religiosos, agnósticos, militares, monárquicos o republicanos.
Sólo pretendo seguir la luz que ilumina mi camino en noches estrelladas y nítidos horizontes, dejando las cegadoras luces a los que se alumbran a través de maravillosas arañas de cristal de Murano, aunque nos entretengan con lamparillas de aceite o «mesas de difuntos y ofrendas» donde se encienden velas redentoras de almas en pena a un euro el minuto del falso crepitar.
Enrique García-Moreno Amador
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