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¿Por qué la cultura de seguridad y defensa sigue siendo una asignatura pendiente en España?

Hace unos días tuve la oportunidad de impartir una conferencia en el Centro de Congresos de Elche bajo el título “La cultura de seguridad y defensa. Una apuesta por los valores de la sociedad”. El propio enunciado dejaba claro que el énfasis de la charla se centraba precisamente en los elementos que conforman las asunciones básicas de cualquier grupo humano u organización, es decir, el elemento más profundo e intangible de la cultura de una sociedad.
Si nos referimos a la seguridad y la defensa cabría comenzar preguntándonos cómo se vería afectada si consideramos que se trata de una sociedad enferma o cuando menos debilitada. Más aún, admitida esta perturbación, aparentemente bastante evidente en las sociedades occidentales, y de una manera particular de la española, podríamos formularnos una segunda cuestión sobre el origen y las circunstancias de esta afectación sobre los valores que la conforman.
Para centrar la segunda de las cuestiones propuestas recurriremos a Clausewitz, uno de los clásicos de la Estrategia, quien en su obra “De la guerra” se refiere a este fenómeno como “una extraña trinidad, compuesta por la violencia primordial, el odio y la enemistad; por el juego del azar y las probabilidades; y por su naturaleza subordinada como instrumento de la política”, cuyos tres componentes: la emoción, la gestión de la incertidumbre y la razón política, los atribuye al pueblo, a las fuerzas armadas y al gobierno respectivamente. Esta trinidad clausewitziana, adaptada a la seguridad y la defensa, podría reformularse de la siguiente manera:
- El pueblo aporta la conciencia, los valores y la voluntad colectiva de proteger aquello que considera valioso.
- Las instituciones proporcionan las capacidades, competencias y mecanismos necesarios para garantizar la seguridad.
- El gobierno define los objetivos, prioridades y estrategias que orientan el empleo de esas capacidades.
La cultura de seguridad y defensa surge precisamente de la interacción equilibrada de estos tres elementos. No depende exclusivamente del Estado ni de la sociedad, sino de la convergencia entre una ciudadanía consciente, unas instituciones eficaces y un liderazgo político capaz de articular una visión estratégica compartida. Esta convergencia es la que permite la superación de la mera función gubernamental de la seguridad para ser racionalizada como una auténtica responsabilidad colectiva.
Es importante, antes de seguir avanzando, hacer notar algunas consideraciones sobre los conceptos de seguridad y defensa y su enfoque cultural. La primera de ellas sería la que se centra en la visión tradicional desde el poder para garantizar la protección y supervivencia del Estado, es decir, preservar su soberanía, integridad territorial y ordenamiento constitucional. Pero es necesario abordar también la seguridad desde el enfoque de la emancipación, entendida como la liberación de las personas (como individuos o grupos) de las limitaciones que les impiden o dificultan su desarrollo o generan inseguridad. Si la primera observación permite establecer el vínculo de los estudios en seguridad con el área de conocimiento de las Relaciones Internacionales, esta segunda aproximación desde la emancipación es precisamente lo que la relaciona con las Ciencias Sociales. Sobre esta visión ampliada de la seguridad, podemos establecer las siguientes premisas en relación con el objeto de este artículo:
- La seguridad y el desarrollo son dos elementos indisociables. Esta vinculación es precisamente la que aconseja tomar en cuenta nuevos campos de la seguridad, en particular los que se refieren a su relación con las personas y con las identidades. El primero de ellos, la Seguridad Humana, Naciones Unidas lo fundamenta en dos premisas: la libertad frente al deseo y la libertad frente al miedo, lo que se refiere al acceso a las condiciones del desarrollo humano y la protección de la integridad física, respectivamente. Por su parte, lo que se refiere a la Seguridad Societal, el cual se centra en la supervivencia de la identidad de las diferentes comunidades. En ambos casos, el foco de la seguridad no es tanto el Estado, sino que reside en la persona y en la comunidad, lo que lo vincula precisamente con el desarrollo.
- La seguridad plena es inalcanzable, lo que convierte a esta cuestión en un problema perverso, en la medida que no parece fácil identificar una solución plausible, ni tampoco los responsables de garantizarla disponen de los medios adecuados para ello. Por este motivo su resolución se centra en la gestión de la inseguridad para así disminuir el grado de vulnerabilidad frente a los riesgos potenciales. La complejidad que entraña el manejo de la seguridad tiene una preocupante derivada cual es su estrecha relación con la percepción, lo que le confiere un marcado carácter subjetivo, siendo el miedo una de las manifestaciones más peligrosas de la subjetividad, una sociedad permeada por el temor es fácilmente manipulable. Esta condición subjetiva de la inseguridad es especialmente sensible en las amenazas híbridas, las cuales son en ocasiones aprovechadas por algunos gobernantes para manipular a la sociedad e incluso a alterar la institucionalidad.
- La seguridad debe de ser percibida como un derecho y como una responsabilidad, lo que define su condición y materializa las acciones precisas para garantizarla. Su condición se resume en la concurrencia de esfuerzos para alcanzar unas condiciones básicas de seguridad, lo cual representa un derecho irrenunciable de los ciudadanos. Por otra parte, su carácter ejecutivo justifica el hecho de que sea una acción de Estado, la cual debiera suponer una responsabilidad para los gobernantes y un compromiso para los ciudadanos. Lo que, no en vano, se refleja en el Artículo 17 de nuestra Constitución: “Toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad (…)”.
- El fin último de la seguridad es la supervivencia del objeto a proteger; y si nos referimos al Estado como referente, la soberanía es precisamente lo que determina su permanencia. Este atributo garantiza que la nación mantenga el control sobre su propio destino sin interferencias externas, pero además lleva implícita su relación con la emancipación, en la medida que son los ciudadanos, su desarrollo y seguridad, los que actúan como regulador del poder del Estado, ante los que debe responder. Poder y emancipación pueden ser considerados como las dos caras de una misma moneda y ambos deben de ser ejercidos desde la ética y no de manera arbitraria, y por ello cabe afirmar que precisan estar sustentados en valores
De acuerdo con esta rápida visión sobre la seguridad, ésta no debe de simplificarse a un mero asunto técnico, policial o militar; al contrario, se trata de una construcción social que se relaciona con los valores, el desarrollo humano y la convivencia. Así pues, desde esta aproximación, estamos ya en condiciones de adentrarnos en los valores como factor fundamental para construir una sólida cultura en seguridad y defensa. Si nos referimos a las sociedades occidentales, de la que España forma parte, los valores que la respaldan los podríamos agrupar como sigue.
- Estado de derecho. Se podría afirmar que representa el bien supremo que sustenta al Estado, sobre él se construye la legalidad y supone un cortafuegos al autoritarismo. Garantiza la igualdad ante la ley, limita el ejercicio arbitrario del poder y proporciona el marco de estabilidad y confianza imprescindible para la convivencia y la seguridad colectiva.
- Estado de bienestar. Se trata de una prolongación del anterior que garantiza el desarrollo humano y la seguridad de las personas. Su finalidad es asegurar unas condiciones mínimas de bienestar, cohesión social e igualdad de oportunidades, reduciendo las vulnerabilidades que pueden afectar a la estabilidad de la sociedad.
- Libertades individuales. Ocupan la base de la pirámide de valores en los que se sustenta las sociedades occidentales por cuanto es el fundamento de la soberanía de la persona. Su protección garantiza la dignidad humana, favorece la participación responsable en la vida pública y actúa como límite frente a cualquier forma de abuso del poder.
- Patriotismo. Virtud que reconoce nuestra herencia histórica y asunciones básicas que conforman nuestro comportamiento como sociedad para en base a ello materializar el presente y proyectar el futuro. Constituye además un factor de cohesión y compromiso con el interés general.
- Pensamiento darwiniano. Esta escuela filosófica pone el énfasis en valores como el esfuerzo, la superación, la centralidad de la persona, la humildad y el sacrificio personal, entre otros que contribuyen a la competencia constructiva. Su aportación radica en fomentar la responsabilidad individual y la capacidad de adaptación frente a entornos cambiantes.
Todos estos valores deberían de ser concurrentes con los tres vértices de la trinidad citada con anterioridad. Si nos referimos al pueblo este conjunto de actitudes y valores coadyuvan al sentimiento de compromiso colectivo con los intereses nacionales y al fortalecimiento de la resiliencia, entendiendo que una sociedad indiferente o desconectada de estos valores difícilmente sostendrá en el tiempo políticas de seguridad eficaces. Si nos centramos en las instituciones, éstas deben de ser percibidas como legítimas, eficaces y profesionales, lo que redunda en la cohesión entre el Estado y la sociedad; por el contrario, la desconfianza institucional erosiona la percepción de seguridad y debilita la capacidad de respuesta colectiva. Por último, el tercer vértice, el gobierno, debería acreditar su capacidad para generar una visión estratégica compartida, coherente con el complejo contexto de seguridad de nuestros días, así como comunicar de manera abierta crítica y objetiva para promover una conciencia social coherente con el entorno de amenazas existente y, a la vez, evitar los discursos del miedo. La ausencia o la perversión del liderazgo estratégico abunda en la improvisación y la polarización, lo que contribuye a la fragmentación de la cultura de seguridad.
Esta visión ideal y deseable del conjunto de valores que deberían dibujar el lienzo en el que se refleja la cultura de la sociedad en su relación con la seguridad y la defensa, se encuentra ciertamente muy alejada de la realidad en nuestro país, como en la gran mayoría de las sociedades occidentales. Este desequilibrio se debe básicamente a la coexistencia de una serie de factores que están en el origen de la sociedad enferma a la que nos referíamos en el segundo de los párrafos de este análisis, una enfermedad susceptible de ser diagnosticada como una crisis de valores, lo que, en palabras de Bauman, se correspondería con una sociedad líquida en la que todo se relativiza. En ella, el cortoplacismo podría ser considerado como endémico, afectando a la población, sus instituciones y sus gobernantes, lo que, en el caso de estos últimos, favorece las políticas reactivas sobre las preventivas.
A lo anterior habría que añadir la influencia del uso inadecuado de las tecnologías sociales, lo que contribuye a la banalización de las libertades y, a su vez, facilita la existencia de un corredor bidireccional entre gobernantes y gobernados, en el primer caso facilitando la instrumentalización del miedo (percepción) y agrandando la brecha de la polarización; en la segunda dirección, ahondado en la difusión del descontento y, por ende, en la desconfianza hacia los gobernantes. También es menester resaltar el hecho del marcado carácter hedonista de nuestra sociedad, gobernantes y gobernados se encuentran alejados de los que podrían ser los estándares del compromiso colectivo, los primeros por cuanto han abandonado su vocación de servicio a la sociedad por espurios intereses particulares o partidistas y los segundos por su alejamiento de aquellos comportamientos y conductas que requieren un esfuerzo y sacrificio, como es la defensa de lo que valoramos.
También en lo que respecta al Estado y sus valores podemos observar síntomas de enfermedad. Por una parte, se percibe una creciente erosión de la confianza ciudadana en algunas de las instituciones llamadas a garantizar la separación de poderes, la imparcialidad de la justicia y la igualdad ante la ley. Cuando la percepción de arbitrariedad, impunidad o utilización partidista de las instituciones se extiende entre la población, se debilita uno de los pilares esenciales sobre los que descansa la legitimidad del Estado y, con ello, la propia cultura de seguridad y defensa. De manera similar, el Estado de bienestar afronta tensiones derivadas de factores demográficos, económicos y sociales que cuestionan su sostenibilidad futura. La percepción de deterioro en el acceso a determinados servicios públicos, la dificultad para garantizar la igualdad de oportunidades y la creciente incertidumbre sobre las expectativas de progreso contribuyen a generar desafección y vulnerabilidad social, elementos poco compatibles con una ciudadanía cohesionada y comprometida con los intereses colectivos.
Si aceptamos esta foto fija del estado de las cosas en relación con la cultura de la sociedad española estaremos en condiciones de una mejor comprensión de como la seguridad y la defensa quedan integradas en el marco cultural descrito. A este tenor se debe precisar que el modelo de seguridad nacional español responde a una visión amplia y profunda de la seguridad, en el que se privilegia la persona y se garantiza la permanencia del Estado y sus intereses. Constituye un sistema en el que la Defensa Nacional queda incluida como garantía de protección frente a amenazas internas y externas. Seguridad y Defensa son dos pilares fundamentales del Estado que protegen derechos, valores constitucionales y soberanía en un contexto internacional en el que la cooperación es una de las principales líneas de acción estratégica.

La cultura en seguridad y defensa se puede representar por tres círculos concéntricos. El exterior los conforma la Cultura de Seguridad Nacional, la cual está dirigida a un mejor conocimiento de la seguridad y un mayor compromiso de la sociedad y las instituciones con ella. El elemento nuclear del sistema se encuentra sustentado en el inquebrantable amor por el país, manifestado por el respeto y reconocimiento de nuestro pasado, nuestra Historia compartida, así como con el compromiso con el presente y futuro de nuestra nación, es decir Conciencia Nacional. Y este entramado tendría dudosa eficacia si no se cuenta con una sólida Conciencia de Defensa, la cual representa la manifestación del valor que nos merece aquello que tenemos unido a la firme determinación de defenderlo. En síntesis, la cultura de seguridad y defensa significa conocimiento de lo que somos y los valores que conforman nuestra identidad; compromiso con el reconocimiento de nuestro pasado, presente y futuro; y determinación para proteger lo que valoramos.
De acuerdo con lo expuesto en estas líneas, pareciera oportuno emitir un diagnóstico nada halagüeño sobre la salud de la cultura de la sociedad española en su relación con los valores. Pero, además, el origen de esta enfermedad se encuentra precisamente en su órgano vital –la conciencia nacional–, lo que genera una preocupante metástasis que alcanza a los tres vértices del modelo trinitario de la cultura en seguridad y defensa, el cual vamos a analizar sumariamente. Recordemos que este modelo se fundamenta en la concurrencia de sus tres elementos –gobierno, instituciones y sociedad– y se sustenta de manera esencial en los valores.
Si nos referimos al primero de ellos, el que para Clausewitz aporta la razón, es decir quien determina las políticas y estrategias de la nación no parece que su contribución al fortalecimiento de la conciencia nacional pueda presentar un balance positivo. Diversos informes internacionales permiten sostener que España no atraviesa una quiebra del Estado de derecho, pero sí un proceso de deterioro de su calidad institucional, como acreditan informes de la Comisión Europea, la Comisión de Venecia y el World Justice Project. La baja percepción de independencia judicial, las tensiones entre el poder político y la judicatura, la necesidad reiterada de reforzar la autonomía del Ministerio Fiscal, la débil regulación de los conflictos de interés y la preocupación por el funcionamiento de los contrapesos democráticos configuran un escenario de erosión institucional. En este contexto, las cesiones políticas a fuerzas separatistas y la utilización partidista de órganos e instrumentos del Estado no pueden interpretarse solo como decisiones coyunturales de gobernabilidad, sino como factores que debilitan la confianza ciudadana en la neutralidad, la separación de poderes y la primacía de la ley.

Pero además en lo que se refiere al Estado de bienestar, sus políticas están creando un preocupante clientelismo, junto con sus políticas migratorias sin ningún tipo de control, están abriendo una preocupante brecha en la cohesión de la sociedad española. Por otra parte, más allá de los datos macroeconómicos, resulta especialmente preocupante, a la vista de informes de la arriba mencionada Comisión, así como de la OCDE y Eurostat que, pese a formar parte del grupo de economías desarrolladas del mundo, España mantenga desde hace años algunos de los peores indicadores de pobreza relativa y exclusión social de Europa Occidental, una realidad que evidencia las limitaciones del actual modelo de bienestar para garantizar niveles adecuados de cohesión social.
La polarización de la sociedad española constituye uno de los fenómenos más visibles de la última década de acuerdo con el Eurobarómetro y diversos estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas. El debate público se caracteriza cada vez más por la confrontación, la descalificación del adversario y la dificultad para alcanzar consensos sobre cuestiones de interés general. Esta dinámica se ve amplificada por las redes sociales y determinados medios de comunicación, que favorecen la creación de espacios informativos cerrados y la simplificación de problemas complejos. Como consecuencia, la discrepancia legítima tiende a transformarse en deslegitimación del contrario, debilitando la cohesión social y la confianza en las instituciones.
En este contexto, el liderazgo político parece orientarse con frecuencia a la movilización emocional de los propios apoyos más que a la construcción de consensos amplios. El recurso a relatos parciales, la utilización selectiva de la información y la permanente confrontación partidista contribuyen a erosionar la confianza ciudadana y dificultan la generación de una visión compartida de los intereses nacionales.
Si nos movemos al segundo vértice –las instituciones–, el panorama tampoco resulta especialmente alentador. Desde la perspectiva de la seguridad entendida como condición necesaria para el desarrollo, diversos indicadores muestran tensiones crecientes en algunos de los pilares del Estado de bienestar. Especialmente significativa resulta la crisis de acceso a la vivienda, convertida en uno de los principales factores de preocupación para los españoles, así como las dificultades que afrontan determinados servicios públicos esenciales, entre ellos la sanidad, la educación o el transporte, sometidos a una creciente presión derivada de factores demográficos, económicos y de gestión.
A ello hay que añadir la creciente desconfianza hacia las instituciones públicas. Los sucesivos casos de corrupción que han afectado a responsables políticos y administraciones, junto con la percepción de una insuficiente rendición de cuentas, contribuyen a erosionar la confianza ciudadana en quienes tienen la responsabilidad de gobernar. Esta tendencia resulta especialmente preocupante si se tiene en cuenta que la legitimidad institucional constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier cultura de seguridad. Por otra parte, diversos indicadores internacionales han señalado carencias en ámbitos relacionados con la gobernanza, la calidad institucional y la eficacia de los mecanismos de control. La combinación de polarización política, dificultades para alcanzar consensos estratégicos y una creciente fragmentación parlamentaria reduce la capacidad del Estado para afrontar desafíos complejos y de largo plazo. Como consecuencia, aumentan las vulnerabilidades tanto en el ámbito de la seguridad interior, particularmente frente a fenómenos como la criminalidad organizada o las amenazas híbridas, como en la capacidad de España para proyectar influencia y defender eficazmente sus intereses en el escenario internacional.
Los tres últimos bloques en los que hemos agrupado los valores –libertades individuales, patriotismo y pensamiento darwiniano– constituyen el componente cultural del vértice correspondiente a la sociedad, el pueblo en términos de Clausewitz. Resulta difícil pretender que la ciudadanía permanezca ajena al contexto descrito. La creciente influencia de las tecnologías sociales, unida a la polarización política y mediática, favorece una simplificación del debate público y una progresiva banalización de derechos y libertades que deberían ser objeto de una reflexión más profunda y responsable. Del mismo modo, el permanente clima de confrontación política, unido a las dificultades para articular proyectos compartidos de largo plazo, dificulta la consolidación del patriotismo entendido como sentimiento de pertenencia y compromiso con la comunidad nacional. En lugar de actuar como elemento integrador, la identidad colectiva se ve frecuentemente subordinada a dinámicas partidistas o a intereses particulares.
Paralelamente, diversos estudios sociológicos apuntan a una transformación de las prioridades culturales de las sociedades occidentales, donde valores tradicionalmente asociados al esfuerzo, la responsabilidad, el sacrificio o el compromiso colectivo parecen perder relevancia frente a planteamientos más individualistas e inmediatos. Aunque esta evolución responde a múltiples factores sociales y culturales, sus efectos sobre la cohesión social y el compromiso cívico resultan evidentes. A ello se añade una creciente desafección hacia las instituciones democráticas, particularmente visible entre algunos sectores de la población más joven. Diversas encuestas muestran una disminución de la confianza en los mecanismos tradicionales de representación política y una mayor receptividad hacia fórmulas de liderazgo fuerte en contextos de crisis, una tendencia que merece atención por cuanto afecta directamente a la cultura política sobre la que se sustenta el sistema democrático.
A lo largo de estas líneas he dibujado un lienzo que describe una sociedad aquejada por una profunda crisis de valores que afecta, en mayor o menor medida, a los tres vértices sobre los que descansa la cultura de seguridad y defensa: la ciudadanía, las instituciones y el liderazgo político. Cuando la sociedad pierde cohesión, las instituciones ven erosionada su legitimidad y los gobernantes son incapaces de articular un proyecto común, resulta difícil generar el compromiso colectivo necesario para proteger aquello que se considera valioso. No obstante, esta situación no debe interpretarse como algo irreversible, al contrario, España continúa contando con activos de enorme valor para reconstruir una sólida cultura de seguridad y defensa, entre los que se destaca la fortaleza de algunas instituciones públicas, entre las que se encuentran las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que cuentan con un elevado prestigio social, pero también, y no menos importante, la existencia de una sociedad civil capaz de asumir mayores niveles de responsabilidad y compromiso con el interés general.
La enfermedad parece diagnosticada. El reto consiste ahora en aplicar los remedios adecuados. Estos pasan por recuperar la ejemplaridad en el ejercicio del liderazgo, reforzar la confianza en las instituciones, fortalecer la sociedad civil y promover una comunicación honesta y rigurosa sobre los desafíos que afronta nuestra nación. Porque una auténtica cultura de seguridad y defensa no se construye únicamente con capacidades militares o instrumentos jurídicos; se sustenta, ante todo, en ciudadanos conscientes de lo que son, de lo que representan sus valores y de su voluntad de proteger aquello que consideran digno de ser preservado.
La seguridad y la defensa no es una función que se vincule de manera exclusiva a cuarteles o ministerios, sino que adquiere su verdadero valor en cómo se materializa en la cultura de una sociedad que reconoce el valor de aquello























