Un Tábano En El Dentista

Hace unos días me encontraba sentado en la sala de espera de una clínica dental donde me iban a reimplantar cuatro muelas que se me habían aflojado y se movían como un campanillo.

Tras mirar a hurtadillas a todos los pacientes que alli de encontraban, tuve la impresión de hallarme en un velatorio por sus caras de sufrimiento y gestos lastimeros.

La situación no era nueva para mí, ya que mi Talón de Aquiles ha sido siempre la puñetera dentadura, aunque no termino de acostumbrarme a los insufribles pinchazos de la anestesia que se deberían dar una vez anestesiado, no antes. ¿?

Tengo más metal en la boca que en una ferretería, tanto, que los arcos de detección de metales por donde paso suenan como cencerros.

Mi compañía médica me ha dicho que tras diecisiete implantes ya no recibiré más ayudas, como si antes recibiese alguna que no hubiese cotizado después de 42 años.

Mientras esperaba, inicié mis ejercicios de relajación mental para así combatir el pánico que me representaba revivir de nuevo todo el proceso de aquellos malditos implantes.

La mayoría de los pacientes que llenaban la sala de espera se hallaban entretenidos con sus móviles y yo, el más veterano de todos, me entretenía leyendo con suma atención una revista del corazón del año de Maricastañas, de cuando tomó la alterna Manolete, siendo que la alternativa era un folleto que explicaba los efectos milagrosos que producían unos irrigadores dentales de tres atmósferas, de una potencia capaz de arrancar los colmillos de raíz.

Y es que pese a que la clínica era modernísima las revistas pertenecían a la Prehistoria, en contraste con la decoración minimalista de la clínica.

La señorita recepcionista estaba entretenida con su móvil, viviendo con desaforados aspavientos e intensa dramatización, su ajetreado fin de semana en una casa rural a la que había ido con un tipo que habia conocido en el gimnasio.

La recepcionista en cuestión, braceaba, manoteaba, se contoneaba, convulsionaba y hacía todo tipo de atrevidos movimientos, reviviendo con toda naturalidad su fogoso «finde» con el cachas del gimnasio.

Tengo que reconocer que dejé de leer aquella revista y a modo de esbozo me cubrí la cara con ella, dejando una rendija para no perderme detalle de la moza pulcramente vestida con su inmaculada bata blanca.

De pronto un moscón hizo su entrada en la sala de espera, iniciando sus continuos aterrizajes en las pistas ofrecidas por los sufridos pacientes en todo su cuerpo, que de manera mecánica lo espantaban dando indiscriminados manotazos al aire y alguno en su propia cara, tratando de reventar de un mandoble aquel enorme tábano.

Llegado el momento, aquel bicho, sin lugar a dudas un moscón habilísimo, hizo que todos guardasen sus móviles y se dedicasen a pegar sopapos a diestras y siniestras, esperando abatirle en uno de sus alocados aterrizajes.

Un paciente de mediana tuvo que ser asistido, ya que, al posarse el moscón en su bragueta, éste, ni corto, ni perezoso, se arreo un puñetazo en salva se la parte, quién dando un rugido, se levantó doblado y con los ojos totalmente desorbitados con lastimeros gemidos.

Dos niños de unos 10 años, hasta aquel momento absortos en sus tabletas, dejaron sus comecocos y tras mirarse con cierta complicidad, se levantaron, poniéndose a cuchichear unos segundos.

Tras trazar una estrategia eminentemente castrense, iniciaron la caza del puñetero moscardón, que por momentos se había crecido dada su habilidad para esquivar mandobles.

En unos segundos, Guille, con prodigiosa destreza le cazó al vuelo, lo que le valió una estruendosa ovación de todos los presentes, que al fin nos veríamos libres de aquel insecto asqueroso.

Cuando todos nos creíamos liberados, Guille le preguntó a Pedro:

– ¿Libertad o muerte?

Y Pedri, todo ceremonioso, se dispuso a meditar una sentencia ante la mirada de todos los pacientes, que deseaban con ansiedad la pena capital.

No sé por qué, pero me imaginé la escena de César en el circo romano.

Fue entonces cuando Pedri extendió el brazo derecho, con el puño cerrado al frente y levantando el dedo pulgar hacia arriba, dictó el sorprendente indulto.

Guille ante la cara de incredulidad de todos los pacientes, sin titubear abrió la mano y liberó al impertinente, molesto, provocador e insufrible tábano.

Fue entonces cuando una señora que se hallaba con un pañuelo en la boca reprimiendo un evidente dolor de muelas dijo:

– Pedri, vas camino de ser uno de esos insufribles líderes políticos que lejos solucionar problemas los avivan.

Y Pedri, mirando de soslayo a la señora, le dijo:

– Sí no estás de acuerdo con nuestra manera de actuar, caza tú el moscón. Si le hubiésemos matado se nos habría acabado la diversión y nuestro minuto de gloria.

Además, el moscardón ya no se muestra tan chulito como antes, ahora sabe que su vida depende de nosotros y en cuanto pueda se larga a la clínica de al lado.

Enrique García-Moreno Amador

Presidente del Ateneo de Ocaña

Escritor y amante de Ocaña y su historia

Tags: El Atril de Enrique García-Moreno

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Enrique García-Moreno Amador

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