Navidad de 1974: Cuando Biar viajó a Murcia y Orihuela entre belenes, arte salzillesco y compras entrañables

Aquellas excursiones navideñas organizadas por la parroquia no solo cumplían con el propósito cultural de admirar el patrimonio y la obra de Salzillo; se convirtieron en un gran ritual anual para aprovisionarse de cara a unas fiestas donde el comercio local y los grandes desplazamientos eran todo un acontecimiento.

Llegado el mes de diciembre, el ambiente en Biar mudaba por completo. En una época en la que los centros comerciales modernos ni siquiera se vislumbraban en el horizonte y las compras a través de internet pertenecían a la ciencia ficción, la llegada de las fechas navideñas exigía ingenio, previsión y, sobre todo, comunidad. Para los vecinos de la localidad, la oportunidad perfecta llegaba de la mano de los viajes parroquiales.

Aquellas expediciones combinaban la devoción, el descubrimiento artístico y una necesidad práctica ineludible: adquirir los productos, regalos y provisiones navideñas que en los comercios de proximidad —por su lógico abastecimiento o limitación de stock— no se podían conseguir. El destino elegido para aquella Navidad de 1974 tuvo un sabor profundamente tradicional, en una ruta que unió las tierras del Vinalopó con la vecina Región de Murcia y el sur de Alicante.

«El viaje cumplía una doble misión: saciar el apetito cultural descubriendo joyas barrocas y solucionar de una sentada las compras navideñas que el comercio local de la época no podía abastar».

Entre belenes históricos y la huella de Salzillo

La pretensión original del desplazamiento era eminentemente cultural y religiosa. Murcia se presentaba como el escenario ideal para adentrarse de lleno en el espíritu navideño. Las calles murcianas bullían de actividad mientras los viajeros de Biar recorrían sus templos más emblemáticos para extasiarse ante los belenes monumentales, verdaderas obras de arte efímero que despertaban la admiración de grandes y pequeños.

Imposible era marchar de la capital murciana sin rendir tributo al imaginero por excelencia de la tierra: Francisco Salzillo. La maestría de sus tallas religiosas, cargadas de una profunda humanidad, detallismo y expresividad barroca, dejó una huella imborrable en los retinas de los expedicionarios biarenses, que contemplaron boquiabiertos la maestría del escultor en iglesias y museos locales.

Parada obligatoria en Orihuela y el calor de la Vega Baja

A la vuelta del viaje, el itinerario reservaba otra joya monumental: Orihuela. Ciudad histórica con profundas raíces religiosas, sede episcopal y un despliegue patrimonial de primer orden, supuso el broche de oro perfecto antes de enfilar el camino de regreso hacia Biar. Sus calles porticadas y sus templos solemnes envolvieron a los visitantes en un aura de recogimiento y monumentalidad.

Y, cómo no, hacer escala en tierras oriolanas implicaba rendirse ante los encantos de la gastronomía de la Vega Baja. Una cocina tradicional, hogareña y de recio arraigo invernal que reconfortaba a los viajeros tras las largas caminatas y las compras acumuladas en los maleteros del autocar.

Memoria en movimiento gracias a Fausto Ruíz

Todo aquel periplo quedó milagrosamente grabado gracias a las cámaras de la época. Hoy, ese valioso testimonio audiovisual llega gracias a la generosa cesión de Fausto Ruíz, quien ha preservado un documento gráfico de incalculable valor sentimental.

Aunque el paso del tiempo y las limitaciones técnicas de la época hacen mella en la conservación de la película, el documento se aprecia hoy más que nunca. Y es que contemplar las imágenes supone un ejercicio emocionante de memoria colectiva: en ellas desfila gente muy querida del pueblo, vecinos entrañables que ya nos han dejado pero cuya huella sigue viva, como Pere Onofre, Vicente «Mecanic» o Juan «Torrat», entre tantos otros que convirtieron aquel viaje de 1974 en un hito imborrable de la historia cotidiana de Biar.

Fausto Ruíz

Colaborador de «El Consistorio»

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