Relato del asedio a Biar por Jaime I, basado en «El Llibre dels Fets»

Prologo

A lo largo de las crónicas del siglo XIII, pocos episodios condensan con tanta nitidez la complejidad diplomática, el choque de egos y la sagacidad política de la Reconquista como la cumbre celebrada en los llanos de Almizra. Aquel encuentro, llamado a trazar una línea indeleble sobre el mapa peninsular, no solo definió el mapa de dos reinos, sino que puso a prueba los límites de la paciencia y la diplomacia de la Corona de Aragón y el Reino de Castilla.

Capítulo I: Sombras sobre la frontera

La tensión se respiraba en el aire seco del interior levantino. Las noticias que llegaban a la corte aragonesa no dejaban lugar a dudas: tropas castellanas, actuando bajo las órdenes del joven infante don Alfonso, habían tomado posiciones en plazas de indiscutible proyección aragonesa como Enguera y Moixent. Para el rey Jaime I de Aragón, hombre de notable estatura física y temperamento volcánico, aquello constituía una afrenta directa a los pactos no escritos de expansión.

—Señor —advirtió un consejero en la cámara real—, la presencia castellana en esas villas corta nuestro avance natural. Si no se frena ahora, la corona de Castilla reclamará el dominio absoluto sobre el mediodía.

Jaime I apretó los puños, midiendo el alcance de la provocación. Sabía que un enfrentamiento armado entre cristianos arruinaría la gran empresa de la Reconquista y desangraría a ambas coronas.

—No habrá guerra si la razón prevalece —sentenció el monarca aragonés—. Pero no cederemos un solo palmo de lo que por derecho nos corresponde.

Poco después, un emisario del infante Alfonso llegó con un despacho formal: se proponía una entrevista al más alto nivel en el campamento de Almizra para dirimir las disputas territoriales y sellar de forma definitiva los límites geopolíticos.

Capítulo II: El estallido en Almizra

El campamento de Almizra se erigió como una pequeña ciudad de lona y estandartes. Las armas relucían al sol, pero el verdadero combate se libraba en el interior de las tiendas reales, donde los mapas de pergamino sustituían a las espadas.

La negociación se encalló casi de inmediato. Don Alfonso, guiado por una ambición desmedida y fortalecido por su próximo enlace matrimonial con la infanta Violante —hija del propio rey Jaime I—, elevó una exigencia que hizo estremecer a la delegación aragonesa: la villa de Xàtiva debía formar parte de la dote matrimonial.

—Xàtiva es la llave de todo el territorio —replicó Jaime I con voz firme, conteniendo a duras penas la ira—. Entregar Xàtiva equivale a desmantelar la seguridad del Reino de Valencia. Jamás otorgaré semejante concesión.

—Es una demanda justa por la alianza de nuestras casas, señor —insistió Alfonso con altivez, apoyado por sus magnates.

La soberbia de la delegación castellana terminó por colmar el vaso. Jaime I, erguido en toda su envergadura, encaró a los embajadores y nobles de Castilla. Con el rostro encendido y una autoridad aplastante, les recriminó su actitud en las palabras que la historia inmortalizaría en catalán medieval:

—«No ha hom al món que vosaltres no féssets eixir de mesura, per ço quant fets totes les coses ab ergull…» —que en castellano quiere decir, más o menos—: ¡No hay hombre en la tierra al que no hagáis perder los estribos! Creéis que el mundo debe moldearse a la medida de vuestra soberbia y que todo lo que deseáis se os debe conceder por norma.

Sin añadir una palabra más, el rey dio media vuelta y abandonó la estancia.

—¡Que ensillen los caballos y carguen las acémilas! —ordenó a sus sirvientes con voz de trueno—. Nos marchamos inmediatamente a Xàtiva. Este encuentro ha terminado.

Capítulo III: Lágrimas y diplomacia en la sombra

El campamento se sumió en la consternación. El estrépito de los cascos de los caballos y el trajín de los mozos preparando el equipaje anunciaban la ruptura inminente de las relaciones entre Aragón y Castilla.

En el centro de aquella tempestad política se encontraba la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I. Consciente de que la marcha del rey significaba el inicio inminente de una contienda civil, la reina prorrumpió en llanto ante sus damas y consejeros.

—En mal punto nací —exclamó con profunda pesadumbre—. Vine a este lugar para tejer la paz entre mi esposo y mi yerno, y ahora contemplo cómo todo se desmorona de forma irreparable.

Varios dignatarios castellanos, entre ellos el maestre de la Orden de Santiago (Uclés) y don Diego de Vizcaya, al ver la determinación del aragonés y las lágrimas de la reina, comprendieron la gravedad del momento. Acudieron presurosos a la tienda real donde Jaime I ultimaba los preparativos de marcha.

—Señor Rey —interpeló el maestre con tono reverente pero preocupado—, ¿es de vos de quien debemos ver tan tremenda alteración? ¿Abonaréis el terreno para la discordia?

Jaime I, ya sobre su montura, los miró con severidad:

—No hay conducta en este mundo que no alterase al hombre más sereno. Pretendéis gobernarlo todo mediante la exigencia implacable.

Los magnates se dirigieron entonces a la reina Violante:

—Señora, interceded ante vuestro esposo. Rogadle que no actúe impulsado por la cólera. Nosotros acudiremos de inmediato ante el infante don Alfonso para reconducir los términos. La negociación no puede concluir así.

La reina Violante se aproximó a su esposo, sujetando las riendas de su caballo mientras las lágrimas aún corrían por sus mejillas:

—Por lo que más amáis, Jaime, os pido que no os apresuréis a partir. Permitid que vayan ante Alfonso y traten de enmendar esta afrenta con amor y mesura. No echéis a perder el futuro de nuestros reinos en una hora de desasosiego.

El rey Jaime contempló el rostro afligido de su esposa y la actitud visiblemente somera de los emisarios castellanos. Tras un tenso silencio, cedió:

—Sea como pedís. Aguardaremos aquí, pero exijo noticias definitivas y razonables sin dilación.

Capítulo IV: El trazado de la frontera

La intervención de la reina Violante y el temor de los magnates castellanos a una ruptura total surtieron efecto. Don Alfonso, aconsejado por sus hombres de confianza, comprendió que exigir Xàtiva era un error estratégico inapelable y aceptó retirar la demanda.

Las negociaciones se reanudaron bajo un clima de pragmatismo regio. Se redactaron los documentos definitivos para fijar el reparto territorial de la Reconquista: Castilla renunció a Xàtiva y devolvió las plazas ocupadas de Enguera y Moixent. A cambio, la Corona de Aragón cedió el dominio sobre Villena, Sax, Caudete y Bugarra.

El tratado delimitó la frontera sur del Reino de Valencia en la histórica línea Biar – Busot – El Campello. Alfonso mantendría el control sobre Almansa, Zarra y la cuenca del río Cabriel, mientras que Jaime I consolidó la soberanía sobre Castalla, Biar, Relleu, Jijona, Alarc, Finestrat, Torres, Polop, La Mola, Altea y los términos adyacentes.

Satisfechas ambas partes y extendidas las cartas selladas con los sellos reales de cera y plomo, los monarcas se despidieron con la cortesía exigida por su rango, devolviéndose mutua y lealmente lo que no pertenecía a sus respectivas jurisdicciones. Jaime I partió con su ejército hacia Xàtiva, donde permaneció durante dos meses supervisando la estabilidad del territorio.

Capítulo V: La embajada secreta de Biar

Meses más tarde, hallándose la corte en la ciudad de Valencia, se presentó un suceso inesperado. Dos ancianos musulmanes procedentes de la importante villa fronteriza de Biar, ambos de más de cincuenta años de edad y vestida prestancia, solicitaron audiencia urgente ante los porteros del palacio real, asegurando traer noticias de sumo provecho para la corona.

Concedido el acceso, Jaime I los recibió en la sala del trono.

—Hablad —les ordenó el monarca—. ¿Qué asunto os trae desde la frontera?

El más anciano de los emisarios tomó la palabra con un árabe fluida y pausada:

—Gran rey, venimos en nombre de hombres de gran prosapia de nuestra villa. Si avanzáis con vuestras tropas hacia Biar, os entregaremos el castillo sin derramamiento de sangre. Sabéis bien que es la fortaleza más imponente y estratégica de toda esa franja; teniéndola vos, dominaréis la frontera entera.

Jaime I, experimentado en las estratagemas de guerra, los observó con analítica escrutadora:

—Decidme, ¿de qué modo podéis garantizar semejante entrega? ¿Cómo podéis asegurar que no se trata de una celada?

—Somos hombres influyentes en la villa —respondió el anciano—. Hemos deliberado con los principales vecinos. Os aseguramos que, en cuanto vuestra persona aparezca ante las murallas, la rendición se formalizará.

—Volved a Biar —dictaminó Jaime I—. Reuniré una mesnada de cien caballeros y marcharé hacia Xàtiva. Traedme allí la confirmación definitiva de lo acordado.

Capítulo VI: El engaño y la resolución de las armas

Llegado el día fijado en Xàtiva, solo uno de los dos emisarios sarracenos se presentó ante el rey. Al ser interrogado por la ausencia de su compañero, el musulmán aseguró que la población entera de Biar ratificaba el acuerdo y que su colega había permanecido en la villa para reunir a los notables y salir a rendir pleitesía al monarca tan pronto como el ejército se aproximase.

Jaime I confió en su palabra. En sus décadas de campañas militares, la lealtad a los pactos de capitulación por parte de los líderes musulmanes había sido la norma, salvo contadas y amargas excepciones como la traición de Al-Azraq en Rugat.

Sin embargo, cuando la vanguardia aragonesa avistó la silueta imponente del castillo de Biar, el panorama distaba mucho de ser pacífico. La población musulmana ocupaba las almenas y las afueras de la villa, empuñando armas y mostrando una actitud abiertamente hostil.

El rey ordenó al guía musulmán que se adelantase para aclarar la situación. Al aproximarse a los muros, los defensores le increparon con dureza:

—¡Atrás! —le gritaron desde los parapetos—. ¡No queremos hablar contigo, y si das un paso más, te apedrearemos!

Quedaba claro que la facción partidaria de la resistencia armada se había impuesto dentro de la villa. Lejos de replegarse o ceder al desánimo, Jaime I hizo desplegar a sus tropas. Se establecieron inicialmente cerca del camino que conecta Ontinyent con Biar, junto al cauce del agua. Donde hoy conocemos la Ermita de los Santos de la Piedra.

Pasada la festividad de San Miguel, el rey ordenó trasladar el campamento a un monte dominante que se erigía en dirección a Castalla. Lo que conocemos como “Serreta de San Nicolau”. Comprendiendo que la plaza no caería en pocos días, mandó construir instalaciones estables: edificios de madera para la oficialidad y sólidas barracas de ramaje y tierra para la tropa. Aquel campamento improvisado se transformó rápidamente en una pequeña fortaleza de asedio.

Capítulo VII: El sitio y la capitulación de Biar

Durante más de cinco meses —desde mediados de septiembre hasta la entrada de febrero—, la resistencia de Biar fue encarnizada. La villa contaba en su interior con más de 700 hombres de a pie, pertrechados con excelente armamento y decididos a defender la plaza monte a monte.

Para romper el punto muerto, Jaime I convocó a sus ricoshombres, a los maestres de las órdenes militares y a Don Guillem de Montcada, quien se incorporó al asedio al mando de una compañía de 60 expertos ballesteros traídos de Tortosa.

Se ordenó el montaje de un fundísculo —una formidable máquina de asedio de contrapeso, vamos una catapulta— para batir los muros. Las escaramuzas eran diarias y sangrientas. Los combates a pie de muralla causaron numerosas bajas y heridos en ambos bandos, padecidas con igual rigor bajo el frío inclemente del invierno levantino.

A finales de enero, consumidos los víveres y desvanecida toda esperanza de recibir auxilio externo, la moral de los defensores se colapsó. El alcaide de la fortaleza, un aristócrata llamado Al-Muza Al-Morabit, comprendió que la caída de la villa era cuestión de días y envió emisarios al pabellón real para solicitar condiciones de entrega.

Jaime I, haciendo gala de un pragmatismo propio de los grandes estadistas, declinó prolongar la masacre o imponer un castigo despiadado. Las cláusulas de la capitulación quedaron fijadas en términos de notable equidad: Al-Muza Al-Morabit rindió las llaves del castillo y la villa a la Corona de Aragón. A cambio, el rey garantizó el respeto a las sunas —las leyes, costumbres y religión— de la población musulmana que decidiera permanecer en el lugar bajo dominio aragonés. Asimismo, se otorgó salvoconducto y plena libertad a quienes prefiriesen abandonar la villa pacíficamente portando consigo la totalidad de sus bienes muebles.

Epílogo: El equilibrio de la diplomacia

El Tratado de Almizra y la posterior rendición de Biar cerraron uno de los capítulos más decisivos de la configuración territorial de la Península Ibérica. La combinación del genio militar de Jaime I, la agudeza mediadora de la reina Violante y la capacidad de ambas coronas para reconducir sus diferencias en el momento más crítico permitieron trazar una frontera firme y duradera.

Aquella línea divisoria no solo evitó una contienda destructiva entre los reinos de Aragón y Castilla, sino que sentó las bases institucionales y geopolíticas sobre las que se asentaría el Reino de Valencia durante los siglos venideros.

Juan Vale

Redactor de «El Consistorio»

Activista cultural, amante de los animales y luchador de las causas justas.

Tags: El Atril de Juan Vale

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