Ceuta: cuando la disuasión deja de operar

Introducción.

Hace unos días, casi simultáneamente a la finalización de mi anterior documento sobre la entrada masiva en Ceuta, tuve la oportunidad de leer en el periódico digital The Objective el artículo de Juan Bautista Sánchez Gamboa “Ceuta y el fracaso de la disuasión”.[1] De este excelente análisis me permito resaltar las siguientes premisas que formula su autor.

  • La crisis de Ceuta debe interpretarse como un problema de disuasión, no únicamente como una crisis migratoria. El episodio demostraría que la seguridad de Ceuta depende no solo del control físico de la frontera, sino de la capacidad española para convencer a Marruecos, o a cualquier otro actor que pueda ejercer presión sobre la ciudad, de que determinadas actuaciones tendrán costes superiores a los posibles beneficios.
  • La disuasión española habría fallado porque Marruecos percibió que podía ejercer presión sin asumir costes suficientemente elevados. Esta hipótesis bien podría identificarse como el núcleo conceptual del artículo considerado, entendiendo que la disuasión no consiste simplemente en disponer de Fuerzas Armadas o capacidades materiales, sino en que el adversario perciba simultáneamente capacidad, voluntad y credibilidad.
  • La respuesta española durante la crisis permitió recuperar el control, pero la disuasión debe operar antes de que se produzca la acción. La disuasión tiene éxito precisamente cuando el potencial adversario decide no ejecutar la acción prevista porque anticipa consecuencias para él inaceptables.
  • La crisis de Ceuta ha puesto de manifiesto la importancia de las alianzas como un multiplicador de la disuasión nacional. Las reacciones de los socios europeos y de algunos de los que tradicionalmente han sido los principales aliados de España han abierto un preocupante debate sobre las capacidades españolas para el control fronterizo efectivo.

En este contexto que plantea Sánchez Gamboa en su artículo identifico dos asuntos clave. El primero de ellos relacionado con la disuasión, considerando que el supuesto “fracaso” que plantea presupone la existencia de una estrategia disuasoria previamente definida y creíble. Lo que, en mi opinión, no parece corresponderse con la realidad, a la vista de las actuaciones de Marruecos en, al menos, los últimos 25 años. Así pues, bien se podría hablar no tanto de un problema puntual, sino de algo estructural achacable al deterioro estructural de la credibilidad disuasoria.

El segundo de los asuntos que considero importante traer a colación es el que tiene que ver con las alianzas, sobre las que considero oportuno señalar en esta introducción que éstas no son en sí mismas un factor de disuasión, sino que su valor radica en garantizar un posicionamiento favorable a nuestros intereses, o al menos de neutralidad,  cuando el potencial adversario manifieste su intención de actuar llegado el momento. En esta crisis, se ha evidenciado la soledad de España por la errática política exterior del actual gobierno, no en vano la disuasión y las alianzas se sustentan en una variable común: la credibilidad.

En las próximas líneas abundaré en estos dos conceptos –disuasión y alianzas– que son  paradigmáticos de la seguridad internacional para a través de ellos tratar de demostrar que la vulneración de la soberanía nacional en el asalto masivo a la frontera de Ceuta va más allá de un fracaso de la disuasión y que se trata más bien de un problema estructural de España, fruto de una verdadera y creíble una voluntad política para preservar los intereses de España y la propia defensa del Estado

 

La disuasión como un problema estructural en España

Aunque esta palabra, disuasión, forma ya parte de nuestro lenguaje cotidiano se precisa ajustar su significado cuando nos referimos a la seguridad. De una manera genérica, podría entenderse como el recurso a la amenaza que se realiza para disuadir a un potencial adversario de que lleve a cabo acciones en contra de nuestros intereses. Es decir, este concepto tiene un marcado carácter anticipatorio y preventivo, lo que la distingue de otro término también vinculado estrechamente con la seguridad como es el de la coerción, el cual, aunque similar en lo que se refiere a su intención de alterar el comportamiento de otro actor del sistema, tiene un atributo básicamente reactivo en la medida que lo que busca es conseguir que un adversario haga algo, cambie una conducta que ya está desarrollando o revierta una acción ya realizada deja de ser peligrosa si el destinatario responde.

Así, entre ambos términos sustentados en el poder –disuasión y coerción– existen diferencias importantes relacionadas con el tiempo y las intenciones, mientras que con la primera tiene un carácter preventivo y con ella se pretende mantener el statu quo, la segunda se aplica a modificar activamente el comportamiento del adversario, aplicándose en un espacio temporal posterior a los hechos que se pretenden modificar.

Volviendo al marco teórico de la disuasión, hay que señalar los dos enfoques diferentes que tiene una estrategia disuasoria: la negación, que consiste en convencer al potencial agresor de que no alcanzará sus objetivos que, en el caso de que lo hiciere, sería a un alto coste; y la represalia, lo que supone la amenaza de emprender acciones más allá de la defensa directa del objeto a proteger, con la finalidad de causar un daño importante en el potencial agresor.

Para que este mecanismo disuasorio sea realmente efectivo se requieren tres condiciones esenciales:

  • Disponer de unas capacidades militares adecuadamente dimensionadas,
  • contar con una manifiesta voluntad política para el empleo de la fuerza y,
  • en tercer lugar, que exista una comunicación clara hacia el potencial agresor sobre la capacidad y determinación propias.

La breve aproximación teórica a este concepto general nos facilita analizar no solamente si España dispone de una estrategia de disuasión efectiva frente a determinadas acciones marroquíes, sino también si cuenta con instrumentos de coerción capaces de inducir a Marruecos a modificar una conducta ya iniciada, dos problemas estratégicos diferentes, pero con indudable conexión entre ambos.

Si nos ceñimos a las capacidades militares se podría establecer sin temor a equivocarnos la existencia de una asimetría favorable a España, aunque con una tendencia decreciente en el tiempo (en el entorno de los últimos 25 años) y muy dependiente del escenario considerado, viéndose ésta reducida, si nos referimos a un hipotético conflicto bilateral localizado en Ceuta y Melilla o sus espacios marítimos y aéreos próximos. La sucinta comparación de fuerzas entre ambos países permite identificar como la principal fortaleza de España el hecho de contar con un sistema de capacidades militares mucho más completo e integrado, siendo su principal debilidad la limitación para mantener un conflicto prolongado. Por el contrario, Marruecos cuenta como su principal fortaleza ante la posibilidad de un conflicto armado en Ceuta y Melilla su mayor capacidad inicial para concentrar el esfuerzo en dichas ciudades españolas en base a tres ventajas operacionales: la proximidad geográfica y la continuidad del territorio; el efecto de masa que supone su potencial de movilización de 200.000 efectivos; y la concentración de fuerzas basada en una mayor voluntad de su población para mantener un esfuerzo sostenido. La principal debilidad marroquí podría ser atribuida a su dependencia tecnológica y logística como consecuencia de la dispersión del origen de sus principales sistemas de armas.

De acuerdo con lo anterior se infiere que la superioridad militar española es estructural, pero su traducción en ventaja efectiva depende del escenario, del tiempo de reacción, de la concentración de fuerzas y del grado de implicación de los aliados. En este sentido, cabría considerar que una supuesta crisis limitada a todas o algunas de los territorios de soberanía española en el Norte de África, Marruecos no pretendería como objetivo la derrota militar de España, le bastaría crear una situación cuyo coste para enfrentarla fuese muy elevado.

Una lectura simple de este balance de fuerzas, y desde un enfoque tradicional la disuasión, nos llevaría a afirmar que ésta favorece a quien aporta un mayor poder militar, sin embargo, en un escenario de guerra híbrida, más propio de los conflictos actuales, actores con una mayor debilidad encuentran más facilidad para alcanzar ventajas estratégicas frente a adversarios tecnológicamente superiores en un modelo que denomino “asimetría inversa”.[2] Dentro de esta nueva dimensión del conflicto se pueden considerar los flujos migratorios incontrolados o el recurso, como ha sido la vulneración de la frontera de Ceuta del pasado 30 de julio por más de 70.000 personas con la connivencia, cuando no el apoyo de las autoridades del país vecino.

Si en los párrafos anteriores hemos puesto de manifiesto la debilidad española en su capacidad disuasoria en un escenario de guerra híbrida con Marruecos, la situación es aún más preocupante al analizar a la voluntad política, segunda de las condiciones anteriormente citadas de una estrategia de disuasión. Los sucesivos gobiernos de España, especialmente este último, no solo no han mostrado su firme voluntad de anteponer los intereses nacionales a las pretensiones revisionistas del Reino alauita, sino que ha aceptado cesiones de difícil encaje en nuestra tradicional política exterior, como fue el reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre la antigua colonia española del Sáhara Occidental.

Aún asumiendo que la voluntad política es uno de los pilares de cualquier mecanismo disuasorio, ésta no debiera disociarse de la cultura de la defensa que permea en la sociedad, la cual tiene como uno de sus elementos capitales la determinación de defender lo que se valora. Así podríamos preguntarnos sobre la percepción de la españolidad de Ceuta y Melilla y, más aún, hasta qué estaríamos dispuestos para mantener el actual statu quo. Desde la dimensión social del problema se podría analizar cuatro variables: la españolidad de Ceuta y Melilla, la expectativa de pérdida, la cesión, o posibilidad de negociación, de la soberanía española, y la disposición a defender militarmente los territorios nacionales en el Norte de África. Sobre la primera de ellas se arrojan pocas dudas, como pone de manifiesto un estudio del CIS de 2021, en el que se concluye que el 75,4% las considera tan españolas como cualquier otra ciudad del territorio nacional.[3]

La segunda variable del estudio referido del CIS atiende a la continuidad de su permanencia bajo soberanía española, siendo más problemática que la anterior, en la que solamente el 53, 6% estima que seguirán siendo españolas en los próximos 20-25 años.[4] Si nos referimos a la tercera variable, la que, al fin y a la postre, tiene que ver con las relaciones entre ambos países, el Real Instituto Elcano (RIE) en su Barómetro de noviembre de 2015 concluye que solamente un 6% de los encuestados percibían como malas las relaciones con el país vecino, de los cuales el 4% lo achacaba a los problemas fronterizos y solamente un 2% al contencioso sobre las dos ciudades españolas. Esta visión realmente optimista cambió notablemente unos pocos años después, en el Barómetro del RIE de marzo de 2020 Marruecos obtenía una percepción de amenaza de aproximadamente 4,9 sobre 10, considerando los encuestados como las principales amenazas procedentes del país alauita la ocupación de Ceuta y Melilla, además de la inmigración irregular, la delimitación de aguas territoriales y los conflictos fronterizos. En 2025 el citado RIE evaluaba que Marruecos se había convertido para los españoles en una de las principales, sino la primera de las amenazas exteriores percibidas.

En lo que respecta a la cuarta y última de las variables consideradas sobre la disposición a defender, recurriendo incluso al uso de la fuerza, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, seguiremos utilizando los datos que nos aporta el CIS en su análisis de 2021. En este estudio plantea la cuestión: ”si Marruecos intentase apoderarse de Ceuta y Melilla empleando algún tipo de fuerza, ¿cómo debería responder España?”, cuyo resultado es esperanzador, pues más del 80% responde apoyando una proporcionalidad de fuerza en la respuesta y solamente el 12% apuesta por una solución de hechos consumados

Para terminar con este breve análisis de las cuatro variables consideradas, propongo la siguiente reflexión: si España mantiene una clara superioridad militar y la sociedad española muestra una elevada disposición a defender Ceuta y Melilla, ¿por qué una parte considerable de esa misma sociedad duda de que España vaya a conservarlas? La respuesta parece evidente: la débil credibilidad de nuestros gobernantes, sin la cual no cabe una verdadera estrategia de disuasión.

Tras este breve análisis sobre la capacidad y la voluntad, queda por tratar el tercero de los factores en los que se sustenta la disuasión que no es otro que la credibilidad, la cual se fundamenta en la determinación y habilidad de aplicar una adecuada estrategia de comunicación que deje meridianamente clara la determinación del Estado español en mantener su soberanía e integridad territorial. Las políticas españolas en este sentido sufrieron un cambio radical desde los atentados del 11M de 2004 y el subsiguiente cambio de gobierno. Desde entonces, se podría decir que la diplomacia española no solo no ha mantenido un mecanismo disuasorio basado en un comunicación clara, directa y contundente, sino que ha sido excesivamente débil frente a los intereses de Marruecos, especialmente con los últimos gobiernos del PSOE. Hechos como la cesión de la autonomía del Sáhara, la permisividad ante el fenómeno migratorio o la falta de determinación en la lucha contra la criminalidad organizada implantada en el país vecino son una clara muestra de que las estrategias de disuasión frente a Marruecos adolecen de credibilidad

Así pues, la última crisis de Ceuta de invasión del territorio nacional por cerca de 80.000 personas no demostraría tanto el fracaso de la disuasión española como las consecuencias de haber permitido durante décadas que se deteriorasen las condiciones necesarias para que esa disuasión resultara creíble y por ende efectiva.

 

La debilidad de las alianzas en el contexto actual de la política exterior española.

De acuerdo con lo expuesto en el punto anterior pareciera oportuno establecer una conclusión previa, cual sería que no se puede hablar en puridad de un mecanismo disuasorio realmente eficiente y sólido desde España hacia Marruecos. Esta afirmación se ve argumentada al considerar que de los tres factores analizados, España solamente presenta una cierta ventaja estratégica en el que se refiere a las capacidades militares, los otros dos –voluntad política y credibilidad– la debilidad española es notoria. Pero incluso en el primero de ellos cabe formular algunas reservas, la primera, ya mencionada, es la que se refiere al empleo de amenazas híbridas con la finalidad de compensar la asimetría favorable nuestro país. Sin embargo, este análisis quedaría incompleto si hiciéramos referencia a otro asunto capital, cual es el escenario que se define en base a las relaciones con otros Estados y organizaciones internacionales, lo que incorpora la credibilidad de las alianzas como un elemento esencial de la ecuación disuasoria.

La crisis de Perejil en el año 2002 se produjo en un momento en el que las relaciones entre los gobiernos de España y Estados Unidos pasaban por uno de sus mejores momentos, y si bien la disuasión no sirvió para impedir que el Monarca alauita, recién llegado al trono, lanzara un pulso contra el Reino de España, ocupando el islote de soberanía española, no es menos cierto que la reacción del gobierno de Aznar reaccionó con rapidez y contundencia, aplicando la coerción de manera proporcional y eficiente, muy lejos de la respuesta que se está mostrando en la actual crisis en Ceuta. También es notorio señalar que, si bien los territorios españoles en el Norte de África se encuentran fuera del área del Tratado de Atlántico Norte, la pertenencia de España a la OTAN le confiere una clara fortaleza frente a las aspiraciones territoriales de Marruecos.

Hechas estas sucintas consideraciones, recomendaría llevar a cabo una aproximación a la política exterior del actual gobierno de España, la cual, en opinión del autor de este estudio, nos ha ido apartando de los que son nuestros socios naturales como es el caso de la OTAN, en cuya cumbre de 2025 el presidente español protagonizó su alejamiento del consenso en el seno de la Alianza, situación agravada con su renuencia a asumir un mayor compromiso en la defensa de Europa. Por otra parte, si nos referimos a las políticas de la Unión Europea, el gobierno español muestra abiertamente su falta de sintonía con la Unión en temas tan importantes como las relaciones con China o Irán y sobre todo por las graves repercusiones que para el resto de los Estados miembros tienen las políticas migratorias españolas, no en vano España forma parte la frontera sur de la UE, un espacio sin limitaciones al movimiento de personas. Por otra parte, la relación con el que era nuestro principal aliado, Estados Unidos, se ha deteriorado notablemente.

En el lado contrario, Marruecos está fortaleciendo su régimen de alianzas, lo que le confiere a la postre una mayor fortaleza. Respecto a la posición del país norteafricano en el sistema internacional hay que destacar un hecho de gran relevancia, como fue la inmediata adhesión del Reino alauí a los pactos de Abraham, auspiciado en el primer mandato del presidente Trump, por los que se reconocía el Estado de Israel. Esta decisión no es baladí, no en vano el Sultán de Marruecos, Mohamed VI, ejerce también un liderazgo religioso más allá de las fronteras marroquíes, ostentando la condición de Comendador de Creyentes,[5] y, en consecuencia, le confiere una notable influencia en el mundo musulmán. En los últimos años se ha ido produciendo un acercamiento notable hacia Estados Unidos, motivado por la necesidad de este país de asegurar su presencia en el Mediterráneo, coincidiendo con las diferencias mostradas por el gobierno español hacia la administración Trump.

Así pues, a la hora de analizar la que considero como una débil estrategia de disuasión de España frente a Marruecos, no se puede dejar de considerar que la actual diplomacia española obvia el hecho de que las alianzas forman parte de la disuasión en la medida que aquellas contribuyen a modificar el cálculo estratégico de los potenciales adversarios, teniendo, en consecuencia, una relación directa con las estrategias disuasorias orientadas a la defensa de nuestros intereses vitales, como es el de garantizar la integridad de nuestro territorio nacional y soberanía.

 

Conclusión.

Como broche a las reflexiones aquí expuestas, cabe afirmar que no es tanto que haya fracasado la disuasión española, sino que España no ha sabido, o no ha querido, construir durante las últimas décadas una arquitectura de disuasión suficientemente creíble frente a determinadas estrategias marroquíes. La superioridad en capacidades militares pierde buena parte de su valor disuasorio cuando no va acompañada de una voluntad política inequívoca y de la capacidad para transmitir al potencial adversario la determinación de defender los intereses nacionales.

Esta debilidad adquiere especial relevancia ante estrategias híbridas y actuaciones situadas deliberadamente por debajo del umbral del conflicto armado. Marruecos no necesita alcanzar una superioridad militar sobre España para obtener ventajas estratégicas; le basta con identificar aquellos ámbitos en los que pueda imponer costes, alterar progresivamente el statu quo o generar hechos consumados sin provocar una respuesta española que haga inaceptable su actuación. Es precisamente en ese espacio donde cobra sentido la denominada «asimetría inversa».

A esta insuficiencia de la disuasión nacional se añade el debilitamiento de otro de sus potenciales multiplicadores: las alianzas. Estas no disuaden por su mera existencia, sino por la incertidumbre que generan en el adversario acerca de la amplitud y consecuencias de una eventual respuesta. Una política exterior que erosiona la confianza de los principales socios reduce esa incertidumbre y, con ello, puede disminuir los costes que un potencial adversario atribuye a una acción contra los intereses españoles.

La cuestión de fondo que deja la crisis de Ceuta trasciende, por tanto, la protección de una frontera. Afecta a la credibilidad con la que España defiende su soberanía y sus intereses vitales. El verdadero riesgo no reside en que Marruecos alcance una superioridad militar que hoy no posee, sino en que llegue al convencimiento de que puede continuar modificando progresivamente el statu quo mediante acciones limitadas, híbridas y calculadas sin afrontar costes políticos, económicos o militares inaceptables. Cuando un adversario alcanza ese convencimiento, la disuasión no ha fracasado: sencillamente, ha dejado de operar.

[1] https://theobjective.com/internacional/2026-08-04/ceuta-fracaso-disuasion/

[2] Término acuñado por el autor en su artículo “Una nueva dimensión de la asimetría del conflicto armado”, publicado por el IEEE el 27/08/2025

[3] Este estudio del CIS se realizó en 2021 tras los graves incidentes fronterizos en la ciudad de Ceuta. Curiosamente a la pregunta “si Ceuta y Melilla eran dos ciudades tan españolas como Málaga y La Coruña”, el 75,4% respondió afirmativamente, lo que representa un 13,9% superior este apoyo al manifestado ante la misma pregunta en 1987

[4] Estos datos del CIS correspondientes al año 2021 se ven mejorados en una encuesta realizada por SIGMA DOS, publicada el 9 de agosto en El Mundo, elevando la cifra de los que sostienen que Ceuta y Melilla nunca serán parte de Marruecos y cerca del 25% considera esa posibilidad en el entorno de 5-10 años.

[5] A pesar de referirnos a Marruecos como Reino alauita. la dinastía alauí marroquí no debe confundirse con los alauitas de tradición chií de Siria. Marruecos es mayoritariamente suní de rito malikí.

Jesús de Miguel Sebatián

Analista Seguridad Internacional

Socio fundador de TWCI y experto en inteligencia estratégica. Con una destacada trayectoria militar internacional en Bosnia, Irak y Afganistán, ha sido Agregado de Defensa en México y directivo de seguridad en el sector privado. Actualmente es docente universitario y consultor especializado.

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