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Elche 1889, Cuando Verónica Cano, junto a la ciencia ficción y el misterio, se cruzan en el pasado ilicitano

La escritora e investigadora ilicitana Verónica Cano se adentra en el terreno de la novela con Anima Temporis, una obra de ficción histórica editada por Libros Indie en septiembre de 2026 que sitúa al lector en el corazón de un Elche decimonónico tan fascinante como enigmático.
¿Qué ocurriría si pudiéramos viajar a través del tiempo y alterar el curso de la historia?» Esta es la premisa que plantea la autora en una trama donde confluyen misterio, arqueología y sociedades secretas.»
De la pionera novela de Enrique Gaspar al Elche decimonónico
La trama arranca en la Navidad de 1889, uniendo la literatura de la época con las calles de la ciudad. El punto de partida se encuentra en la figura de Enrique Gaspar y Rimbau, autor de El Anacronópete (1887), considerada una obra precursora de las historias de viajes temporales. En la novela, este libro llega a manos de don Rafael Brufal Melgarejo, marqués de Lendínez, un aristócrata local obsesionado con materializar el sueño de la máquina del tiempo.
A partir del contacto entre el marqués y el propio escritor, la ciudad se transforma en un tablero de juego donde la historia real dialoga con la ficción. Espacios perfectamente reconocibles del municipio albergan un entramado de cartas, conspiraciones y acontecimientos insólitos.
Rigor documental al servicio de la intriga
Con una trayectoria consolidada en la investigación y divulgación de las tradiciones, los misterios y la historia local —reflejada en títulos como Elche: misterio, leyenda y tradición, Los Misterios del Baix Vinalopó y Cementerios Insólitos Elche—, Verónica Cano traslada todo su bagaje documental a este debut narrativo.
Tal como destaca el arqueólogo Santi García en el prólogo de la obra, el gran valor del libro reside en cómo combina el rigor histórico con la aventura. Figuras reales de la sociedad ilicitana de la época, como Pedro Ibarra y Ramón Lagier, conviven en la trama con sociedades secretas, masonería, espiritismo y leyendas locales.
En definitiva, Anima Temporis propone un recorrido en el que una misiva puede ocultar una peligrosa advertencia y en el que la gran incógnita ya no es solo el alcance de un viaje al pasado, sino el precio moral de modificar aquello que creíamos inalterable.
La entrevista con Verónica Cano
Del ensayo a la ficción: Tras una sólida trayectoria dedicada a la investigación histórica, el ensayo y la divulgación de los misterios locales, ¿cómo ha sido dar el salto a la narrativa de ficción con Anima Temporis y qué herramientas te ha costado más adaptar o liberar en este proceso?
R.- Confieso que no fue una tarea sencilla. Desde que tengo uso de razón he sentido la necesidad de escribir, de atrapar con palabras aquello que de otro modo corría el riesgo de perderse: relatos familiares, pequeñas crónicas de la vida cotidiana, historias de personas cercanas, recuerdos que merecían permanecer en algún lugar más allá de la memoria.
Al principio lo hacía en cuadernos de doble raya. Después llegaron los cuadernos de cuadros y, finalmente, los folios. Cada página era una pequeña puerta que se abría ante mí, una forma de ordenar lo vivido y de convertir en palabras todo aquello que despertaba mi curiosidad.
Mi abuela tuvo mucho que ver en ese camino. Gracias a ella conseguí reunir una de aquellas colecciones de grandes clásicos de la literatura española que, durante años, aparecían con los periódicos. Fue a través de aquellos libros como empecé a familiarizarme con otras voces, otros estilos y otras maneras de contar. Poco a poco, casi sin darme cuenta, fui aprendiendo de ellos y tratando de mejorar aquello que yo misma escribía.
Y entonces llegó esta primera novela. La terminé, sí, pero durante muchos años permaneció escondida al fondo de un cajón. Fue verdaderamente complicado porque ya no se trataba solo de divulgar los episodios históricos tal y como sucedieron, sino adaptarlos a un argumento ficticio lo suficientemente realista como para empatizar con el lector. Eso provocaba que, cada vez que volvía a sus páginas, encontraba algo que corregir, una frase que cambiar, un personaje que profundizar, una idea que necesitaba otra vuelta. Sentía que todavía no había conseguido ser completamente fiel a aquello que quería transmitir.
Así pasaron los años, entre correcciones, dudas y páginas que parecían no estar nunca del todo terminadas. Hasta que un día decidí dejar de buscar la perfección y empezar a confiar en la historia. Y entonces comprendí que quizá la novela no necesitaba más correcciones, sino simplemente encontrar su momento.
El nexo ilicitano con el pionero del tiempo: ¿Cómo surgió la idea de conectar al marqués de Lendínez y al propio Enrique Gaspar con la ciudad de Elche en las navidades de 1889?
R.- Hace unos años descubrí por primera vez El Anacronópete, de Enrique Gaspar i Rimbau, y quedé fascinada por su particular manera de imaginar los viajes en el tiempo. Aquella novela, adelantada a su época y sorprendentemente ágil, despertó en mí una pregunta que, desde entonces, no ha dejado de rondarme: ¿qué habría ocurrido si el Anacronópete hubiese viajado hasta Elche?
La posibilidad de darle una nueva vida a aquella historia comenzó a tomar forma poco a poco. ¿Y si la máquina del tiempo hubiera encontrado en Elche un escenario distinto? ¿Y si sus calles, sus personajes y los acontecimientos de una época concreta hubieran escondido otras historias, esperando ser descubiertas?
Así nació la idea de construir un ambiente propicio, profundamente ligado a su tiempo, en el que personajes reales y ficticios pudieran encontrarse y entrelazarse con otros que tuvieron una importancia especial para la ciudad. Un juego entre la historia y la imaginación, entre aquello que sabemos que ocurrió y aquello que, quizá, pudo haber ocurrido.
Y así, entre documentos, personajes, lugares y acontecimientos, fui imaginando una ciudad distinta: reconocible, pero también secreta; anclada en su época, pero capaz de abrir una puerta hacia otros tiempos.
Memoria y tejido urbano: Personajes históricos reales como Pedro Ibarra y Ramón Lagier comparten protagonismo con elementos de sociedades secretas y espiritismo. ¿Hasta qué punto los documentos de la época han dictado las acciones de estos personajes en la trama?
R.- Siempre quise escribir una novela que sirviera también como una forma de rescatar del olvido a quienes contribuyeron a levantar la ciudad que hoy conocemos. Hombres y mujeres que, con sus decisiones, sus ideales, sus esfuerzos y también sus contradicciones, fueron dejando una huella profunda en Elche, aunque el paso del tiempo haya ido borrando sus nombres de la memoria colectiva.
Quería devolverles la voz y, de algún modo, permitir que volvieran a caminar por las calles de su propia ciudad. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que convertirlos en parte esencial de una historia de ficción? Darles un lugar propio, dotarlos de sus valores, de sus convicciones y de sus distintas formas de entender el mundo, y entrelazar sus vidas con una trama imaginada, pero asentada sobre personajes y acontecimientos que realmente existieron. Eso solo puede hacerse a través de una documentación real, de las historias que ellos mismos crearon.
Así, la ficción se convierte en un puente entre dos tiempos: el que fue y el que todavía podemos reconocer en la ciudad que habitamos. Porque detrás de cada edificio, de cada calle y de cada transformación hay personas que hicieron posible que Elche llegara a ser lo que es. Algunas permanecen en nuestra memoria; otras esperan, quizá, a que alguien vuelva a contar su historia.
El papel de los escenarios: El patrimonio y los rincones de Elche actúan casi como un personaje más. ¿Qué lugar del Elche de finales del siglo XIX te ha resultado más apasionante de rescatar y redescubrir a través de la escritura?
R.- Probablemente, de todos los escenarios que aparecen en la novela —tan reales como la propia vida—, ninguno resulte tan apasionante como la Calahorra. Pocas construcciones conservan en sus piedras una memoria tan larga de Elche.
Testigo de siglos de historia, la Calahorra constituye una de las huellas más importantes de la antigua muralla islámica, aquella que protegió primero la medina andalusí y, después, la villa cristiana. Su construcción se remonta a los siglos XII y XIII, cuando las murallas no eran únicamente un límite, sino una frontera entre mundos, culturas y formas distintas de entender la ciudad.
Apenas unos metros más allá se abría la Puerta Lucentina, el acceso que comunicaba Elche con el camino hacia Alicante. Y alrededor de aquella zona se concentraban otros espacios esenciales de la antigua ciudad: los Baños Árabes y la mezquita principal, sobre cuyos restos terminaría levantándose el primer templo cristiano. Siglo tras siglo, aquella misma tierra fue cambiando de nombre, de símbolos y de creencias, hasta desembocar en la actual Basílica de Santa María.
Quizá por eso su decoración resulta especialmente fascinante. En ella conviven elementos de tradición andalusí —arcos de herradura, mosaicos, estrellas— con lienzos, imágenes y fotografías de época cristiana, en una mezcla casi imposible de separar del propio carácter de Elche. Un lugar donde las huellas de quienes la habitaron se superponen unas sobre otras y donde cada detalle parece esconder un fragmento de historia.
La Calahorra se convierte así en mucho más que un escenario. Es un testigo. Una puerta abierta a otros siglos. Un lugar en el que pasado y ficción pueden encontrarse sin necesidad de pedir permiso al tiempo.

































